De la violencia y otros cadáveres

De la violencia y otros cadáveres

de la violencia y otros cadáveres

En el marco del proceso de Paz y ante una decepción en los tiempos estipulados para la firma de la misma, me sobreviene una sombra de pesadez y amargura con respecto al contexto social del país. Colombia se merece la paz, no se justifica casi un siglo en guerra por la insensatez de los gobernantes, de los grupos armados ilegales y el cinismo del mismo pueblo colombiano. Algunos dirán que los acuerdos de este proceso son injustos y poco equitativos, y tal vez lo sean, pero representan la primera movida para iniciar un largo proceso de reconciliación. No se trata de recompensar, sino de garantizar que aquella personas de doble papel, víctimas y victimarios, puedan desmovilizarse con ciertas garantías que les permitan reinsertarse en la vida social y laboral.

Aunque puedo sonar insensata por mi juventud, poseo historias heredadas de la violencia que me calan los huesos y que me motivan a anhelar un mejor panorama para Colombia.

Soy nieta sobrina del Sacerdote Tiberio Fernández Mafla, asesinado el 17 de abril de 1990 en Trujillo, Valle del Cauca, una víctima emblemática de la Masacre de Trujillo por su apoyo al emprendimiento del campesinado y su lucha social en contra de la violencia de la región. Soy nieta del Sargento Mayor de la Policía, Luis Alfredo Fernández Mafla, asesinado el 17 de febrero de 1993 —tres meses antes de mi nacimiento— en Santiago de Cali, Valle del Cauca; sus investigaciones y el deseo de justicia entorno al asesinato de su hermano le merecieron ser un ángel más en la Sucursal del Cielo. Soy amiga del tatuador Jaime Castro Kutdo, asesinado el 16 de octubre de 2013 por un sicario en su propio local, en Santiago de Cali, Valle del Cauca; y soy conocida de otros colombianos que perdieron su vida a manos de sicarios o accidentes de tránsito por imprudencias de conductores inescrupulosos e irresponsables.

La violencia común, la guerra con las FARC y los paramilitares y el narcotráfico me privaron de seres humanos importantes. Crecí bajo la sombra de un mito doloroso, viendo lágrimas derramarse en fechas conmemorativas, y bajo la percepción de los vacíos que dejaron estas figuras en el núcleo familiar y en mi cotidianidad. Vivimos un presente donde la violencia se recrudece a través de la intolerancia, el rechazo al perdón y la negación profunda a la reconciliación de una guerra que nos ha maltratado política, social, económica, familiar y psicológicamente.

Dejemos de naturalizar la violencia, de renegar con la cabeza de dientes para afuera y cada quien en lo suyo y cada quien se cuida como puede. ¡No más!, a pesar del rencor que sobrelleva la pérdida de un ser querido o el desplazamiento y el despojo de un hogar, hoy me atrevo a perdonar el daño que le hicieron a mi familia y a sanar el dolor de cargar con el recuerdo de tantos cadáveres a tan corta edad. Ser un espectador indolente, criticón y sin iniciativa no disminuirá la tasa de homicidios ni revivirá a mis seres queridos. Al contrario, por la memoria de estos inocentes, víctimas y sacrificios innecesarios de la guerra, me uno abiertamente a la búsqueda de esa Paz que tanto nos merecemos, y a la construcción de una Colombia tranquila, próspera y ejemplar.

 

 

Autor: Laura Ballesteros
Twitter: @LauraMarcela_B
laura ballesteros

 

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