De patitas en Granada

De patitas en Granada

Foto: Beatrice Aguirre

En una escena que testigos calificaron de “asquerosa”, perdió la vida hace cinco años en Cali una Periplaneta Americana adulta. Los hechos ocurrieron en el prestigioso barrio Granada a las 9:30 de la noche, frente al domicilio de un reconocido restaurante. El cuerpo inerte presentaba un solo impacto de suela que le abría el cuerpo desde el tórax hasta la cabeza. Según el guardia del establecimiento, el homicida medía aproximadamente 1.75 m, tenía cabello rubio y “muy buena pinta”. Sin embargo, el crimen pasó inadvertido porque a esa hora los comensales disfrutaban ensimismadamente de su cena. No se abrió investigación sobre el caso. Es más, en estos cinco años ningún periódico serio había querido publicar la noticia. “¿Y qué importa?”, me decían. “Si al fin y al cabo se trata de una… cucaracha”.

Yo recuerdo bien ese día. Era mi primer mes en el restaurante y el ‘voleo’ entre trabajo y universidad me tenía exhausta. El chef acababa de lanzar un plato nuevo llamado ‘Pollo a la sal’ y los meseros debíamos recomendarlo a los clientes, así que pasé toda la tarde memorizando sus ingredientes y preparación.

La clave para vender el plato estaba en describir con deleite el momento en que el pollo entraba al horno sobre una cama de sal y especias, lo cual garantizaba su sabor exquisito y especial. Yo ganaba entre $1.800 y $2.500 la hora, dependiendo de qué tan tarde tuviera que recitar el parlamento, para un promedio de $40.000 por semana, menos los $10.000 de los taxis. Después de tres horas de trabajo, tenía que hacer de tripas corazón para hablar animadamente sobre el sabor del animal.

Meseros, barmans, cajeros, empacadores. Hay montones en Cali, como también hay muchas cucarachas. Y ambos acaban en los restaurantes buscando sustento. Reciben mal trato y mala paga, ningún auxilio de transporte y ninguna prestación social.

Era apenas normal pues que compartiera esa noche con ella, precisamente la noche de su muerte. La vi caminando por la pared mientras le explicaba la carta a la distinguida familia Jiménez Blanco. Se escondía entre unas ramas de hiedra, aprovechando la decoración del restaurante que hacía las veces de patio al aire libre. Luego la perdí de vista. Y entonces, cuando anotaba el pedido en la ‘comandera’, sentí su aleteo de insecto grande en mi oreja y su posterior aterrizaje en mi espalda.

En mi casa habría armado un zaperoco de los mil demonios, pero los clientes no tenían por qué saber lo que ocurría en el restaurante. Como tampoco tenían por qué saber, por ejemplo, que las propinas que pagaban en la cuenta (10% del consumo) rara vez iban a parar completas al bolsillo de los meseros. De modo que salí caminando en silencio y de espaldas hasta la calle, donde el vigilante (otro que trabajaba bien y ganaba mal en Granada), me quitó la cucaracha de la espalda con admirable serenidad. “¿No son tan malas, sabe? Las moscas son más cochinas que ellas”.

Esa noche atendí muchas mesas. Lavé platos, cubiertos, corté y serví pan, preparé balsámico con oliva, repuse servilletas sucias en mesas nuevas (el restaurante nunca tuvo suficientes servilletas de tela para toda la noche), respondí con sonrisas a los modales de los clientes y repetí el parlamento sobre un pollo que valía dos veces mi turno.

Y entonces confundí un pedido de pasta. Ordené spaghetti en vez de penne y, los clientes, que a estas alturas no sabían nada sobre mi sueldo, mi escuela, las servilletas sucias, las cucarachas o las propinas, sí supieron, por boca del propietario y a los gritos, que yo era la mesera más bruta que había pisado el restaurante y que me iba “ya mismo”.

El propietario era un hombre alto, rubio y con “muy buena pinta”, como la gente de Granada. Me hizo quitarme el delantal allí mismo y me mandó para mi casa sin pagarme siquiera los $10.000 de esa noche. Mientras salía, vi a la de la limpieza recogiendo el reguero de Periplaneta Americana que había quedado en el piso. Supe que las tres nos sentíamos igualito y decidí nunca volver por el sitio. Los clientes no lo saben, pero el lugar está lleno de… cucarachas.

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