De un batazo

De un batazo

Foto: Beatrice Aguirre - EL CLAVO

Foto: Beatrice Aguirre - EL CLAVO

Soy de la generación que asistió a cumpleaños con piñata: el invento traumatizador de niños más horroroso creado jamás. Peor que los frenillos y las botas ortopédicas. Peor que tener que declamar en una izada de bandera. La piñata y su saldo de arañazos, fichitas de jazz enterradas en las canillas, mucha envidia y ningún premio, fue mi primera y desoladora experiencia con la mala democracia.

¿A quién se le ocurrió que sería divertido echar al piso a veinte niños, con su respectiva munición de dientes de leche y uñas sin cortar, a disputarse las entrañas de plástico de un avichucho de papel?

Compárese esta carnicería, en cambio, con la generosa repartición de la torta. ¡Con qué sentido de igualdad cortaba la madre las tajaditas de bizcocho! Tranquilos, niños y adultos esperaban sentados la llegada del plato, seguros de que alcanzaría para todos. Si de esto se trataba la sociedad, pensaba, entonces existía la justicia. Con la excepción de cierto clientelismo en la asignación de fresas, el pastel de cumpleaños era una experiencia tan, pero tan igualitaria, que era casi comunista.

¿Quién dijo que la política comienza cuando te sale bigote o empiezas a usar billetera? La política era allí mismo: desde que cruzabas la puerta y te ponían el gallardete de encaje en el pecho. Si la democracia se trata de participación, la fiesta infantil era democrática por excelencia. Se alzaba la mano para todo: gritar el nombre de una fruta, lanzarse de voluntario para ponerle la cola al burro. Había equipos, líderes, competencia. Hasta los niños con pésima suerte y peores reflejos como yo, que nunca gané una rifa y la pasaba fatal en ponchado, aceptábamos nuestro destino con resignación, seguros de que el problema era de talento, no de falta de oportunidades.

Con la piñata era distinto. He oído decir que representa la sana experiencia de la libre competencia. También que es la pura expresión de la anarquía. Para mí, el mensaje clarísimo era: cuando le den el batazo a la caja, lánzate contra tus primos y arrebátales lo que tengan a puños y aruñetazos. Ni libre competencia ni anarquía: era lo más cercano a la guerra civil.

Zarandeándose en el techo, la piñata entonaba esta especie de canto subliminal: cuando te apetezca tener más que los demás, aprovecha las libertades de tu sistema democrático, cambia “libertad” por “exceso” y “justicia” por “fuerza”. Con suerte, en unos años te pedirán trabajo y te llamarán “berraco” o “luchador”.

Al final de la rapiña, unos tenían más, otros menos, pero la sensación general estaba lejos del gozo. La fiesta se volvía un solo comparar el peso de tu botín con el de tus primos, los brazos ardían, la ropa estaba sucia, y los anfitriones se veían obligados a adelantar la repartición de las sorpresas para consuelo de los menos favorecidos. Y luego, adiós.

Particularmente, la piñata me sirvió para volverme un poco más cobarde. Por años huí de los deportes de contacto físico y opté por las matemáticas y la lectura (de la democracia de las bibliotecas, que es nada menos que perfecta, hablaré después).

Pero yo no soy buen ejemplo. Yo perdía. ¿Sabe cómo reconocer en un adulto, hoy, al pequeño ganador de las cacerías infantiles? Es fácil. Vaya a un bar-restaurante y pida una picada. Aquel que coma como desesperado sin esperar a los demás, ése, triunfó de niño. Vaya al banco: aquel que apenas llega a una fila busca a quién pedirle puesto, ése jugó más jazz que todos sus primos. No importa que el personaje se la pase criticando la corrupción. Un día de estos se acercará para pedirle que “lo tenga en cuenta”, o para proponerle “un negocito”, y lo invitará a las fiestas de cumpleaños de sus hijos. Cuando esto suceda, no olvide llevar una bolsita, para que tenga dónde guardar los carritos, pitos, peloticas y demás esquirlitas de democracia.

Comments

comments