Déjenme la Cabalgata Quieta – Tradición a Galope

Déjenme la Cabalgata Quieta – Tradición a Galope

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Hay más de uno que con sólo leer  el título de esta columna no va a continuar leyendo. Otros simplemente por el hecho de descargar su ira  activista seguirán estas líneas  apretando los dientes, frunciendo el ceño, moviendo la cabeza de derecha a izquierda y mentalmente me insultarán —llegando a meterse con mi mamá—, hasta llegar al final y pensar que el texto es una basura.

Sé que otros tan sólo lo revisarán, se reirán y dirán “ese Daniel está loco”. Los más honestos, los que no son hipócritas y les gusta la cochambre, el jolgorio, el trago, que son unos egoístas desvergonzados que disfrutan del olor de mierda de caballo combinado con guaro, tetas operadas, niñas descontroladas, cochinos tirando espuma, música y degenero en las calles, me apoyarán en silencio y cruzarán los dedos porque la tradición de la cabalgata en Cali continúe cada año.

Desde que tengo uso de razón mis papás junto a mi abuela —a la que de cariño yo apodaría como “la facha”— cada diciembre, durante La Feria de Cali, me llevaban a ese desfile de gente borracha encima de un montón de sementales. En el primer recuerdo que tengo de haber sido espectador de este evento, eran los principios de los noventa, yo ostentaba seis o siete años, Juan Luis Guerra y los 4-40 eran invitados de honor en la feria y nos encontrábamos en la calle Quinta, en el barrio San Antonio. Mientras mis regordetas piernitas descansaban sobre los hombros de mi papá, yo gritaba, me reía y señalaba con orgullo y alegría a los jinetes. Recuerdo que quise ser grande, que el viejo me comprara un caballo y poder salir a montar. Me dieron ganas de que la gente me mirara y me alabara, me diera la mano y me ofreciera de ese líquido que tenía en unas botas de cuero que la ponía más feliz de lo normal.

Con los años comencé a tenerle miedo a montar a caballo, “Supermán” se cayó de uno y quedó cuadrapléjico, así que desistí de la idea de encaramarme en un equino, pero continué yendo a la cabalgata como espectador. Cuando entré a la adolescencia dejé de asistir con mis papás —¡qué boleta!— y el parche se convirtió en una cosa loca. Ya no apreciaba a las bestias. Junto a mis amigos, comencé a detallar a otros ejemplares deliciosos de tetas y culos grandes. Iba a encontrarme con las niñas bonitas de los colegios bilingües y con una que otra de dudosa procedencia. La cabalgata se convirtió en algo bello donde la idea es ir a emborracharse y olvidar que este mundo es una basura.Yo, a mis 27 años, sigo asistiendo y continúo pasándola bueno.

Sé que en diciembre murió una mujer en este evento, pero ella se montó en el caballo por voluntad propia, nadie le puso una pistola en la cabeza y la obligó; los accidentes pasan. Dios —si realmente existes— tenla en tu gloria.

Sé que algunos caballos se convierten en víctimas del maltrato y que hasta se han talado árboles de más de 50 años para ubicar a los espectadores. Pero por favor, dejen la joda de querer acabar tan tradicional y magno evento. ¿Por qué no piensan mejor en escoger funcionarios instruidos y decentes que sean ordenados y dirijan la Feria de Cali de manera coherente? Es que vea, venga le cuento… Hay gente que no estuviera viva si sus papás no se hubieran ido a una cabalgata y conocido mientras —como dice el atarbán David Zúñiga— “tomaban chicha y destilaban manteca”, y luego se hubieran volado a un motel a matar las ganas, en serio. Tengo pruebas, piense en esas personas, quizás en ese grupo de gente puede estar su hermano, algún conocido o hasta usted.

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