Derecho a no escuchar

Derecho a no escuchar

Ilustración: Willington Giraldo

Hace algunos años que salí de la universidad, pero si volviera a ser estudiante y se me metieran al salón de clase unos encapuchados a hacer arengas, despotricar del gobierno invitándome a la rebelión; les diría lo mismo que le dije a un par de testigos de Jehová la última vez que vinieron a tocarme a la puerta un domingo a las 7 de la mañana: ¿Con qué derecho vienen a molestarme (con jota) en mi casa para anunciar una supuesta verdad en la que solamente creen ustedes? Váyanse a predicar donde los convirtieron.

Dejando de lado el tema de la violencia y el terrorismo de las FARC y enfocándome en el tema de la libertad de expresión, siempre que ésta se dé dentro del marco de la Ley, me opongo rotundamente a que me obliguen a escuchar discursos y mucho más de gente que no da la cara, pero que me ve la cara de tonta (con pelos y arrugada) al irrumpir violentamente para forzarme a oírlos.

¿Quieren expresarse? Que inviten a ver quién les va, pero que no irrumpan en las universidades de esa forma a repartir su popó retórico a ver quién, por miedo, ignorancia o ingenuidad, cae en sus filas.

Defiendo mi derecho a no escuchar. No tengo por qué escuchar cristianos predicando la palabra de un Dios que no me simpatiza, ni terroristas arengando discursos trasnochados de una ideología falsa que disfraza una violencia encapuchada.

Al cretino que se atreva a volver a irrumpir en mi espacio: casa, trabajo, universidad, bus, fila de banco, sala de espera de aéreo puerto, etc., a obligarme a escuchar pendejadas (con huevo); lo mando a comer heces fecales (con eme). Eso no es libertad de expresión eso es libertinaje violento de verborrea y tenemos derecho absoluto de no escucharlos.

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