El cartel de los sapos

El cartel de los sapos

Dice por ahí el vox populi que nadie quiere saber de narcos, de paracos, de guerrillos, de corruptos, de desplazados. Lo cual no es nuevo. Toda sociedad tiene momentos en que desea borrar todo pasado, desaparecer sus conflictos y sus problemas, momentos en que las sociedades prefieren vivir en un paraíso virtual, que ponerle la cara a una realidad donde principalmente la humanidad ha perdido todo valor.

Y es que a quién le puede importar que entre 2000 y 2007 hayan sido asesinadas y desaparecidas 11.292 personas, que tres de los testigos del paramilitarismo tengan sus familias amenazadas luego de que empiezan a contar a quienes pertenecían las chequeras que dieron pie a tanta barbarie; a quién le importa que el desplazamiento no tenga protección del estado y que muchos anden por ahí, sin donde dormir, sin donde comer; para qué mortificarnos con que la ecología del pacífico colombiano está siendo arrasada por el aumento de cultivos de coca; es mucho mejor olvidar que 70 senadores están entre investigados y encarcelados, de los cuales el 95% pertenecen a la ideología del gobierno de turno. Qué importa todo, si las encuestas nos demuestran que Colombia va como nunca, que “Colombia es Pasión”.

Afortunadamente, hay momentos en que los canales de televisión se arriesgan a mostrar, no esas noticias donde todo queda reducido a una ecuación —si fulanito dijo esto, es guerrillero; y si fulanito dijo esto otro, es paramilitar—. No, no me refiero a esos casos, creo que la televisión en Colombia es una de las más pobres en temas periodísticos, razón de más para que vivamos en una sociedad que entiende muy poco de sus propios problemas. Pero como dije, afortunadamente hay momentos en que brilla la moneda, porque no es otra cosa, les brilló el negocio, y nos trajeron El Cartel de los Sapos.

El Cartel, esa serie adorada por tantos, y odiada por algunos otros, no es una oda al narcotráfico. Es cierto que sus historias son meras anécdotas de un capo ya perdonado por USA, pero al mejor estilo de las series como The Sopranos (aunque la comparación es incómoda ya que The Sopranos gira en torno a un guión admirable donde el centro de todo es la terapia sicoanalítica que se realiza el mayor de los sopranos), El Cartel es evidencia de una sociedad donde la capacidad de traición y de ausencia de valores es sinónimo de la sociedad que los crea. No nacen estos hombres sólo de una madre, nacen de una sociedad que permite que sus hijos más talentosos terminen desgastados por la prepotencia y la avaricia. Como dice Mario Mendoza en su espeluznante y atrayente novela sobre un asesino: “No somos un yo, sino una suma de individuos que se dan cita en nuestro cuerpo, una actualización de muchos ancestros que encarnan, de pronto y sin permiso, en nuestra piel, en nuestras manos, en nuestra más escondida psicología. Somos clan, somos tribu, pura muchedumbre en movimiento”.

Actualmente, esta serie televisiva tiene el más alto rating del último año, prueba de ello es el exceso de comerciales a que somos sometidos sin ningún respeto por el televidente (tal y como haría cualquier narco). Afortunadamente, la serie no fue convertida en formato novela, aunque en algún momento tuvo ese tinte, y a pesar de sus tristes efectos visuales, El Cartel ha abierto el camino para tumbar esa idea de que hoy nadie quiere saber más de estos temas, pero reafirma un hecho aun más importante, el agotamiento frente a nuestra realidad no se da por los temas que tratamos, se da por el modo en que estos han sido presentados, no es un problema del QUÉ, es un problema del CÓMO, y son los medios de comunicación, desde la radio hasta la Internet, desde la fotografía hasta el cine, quienes deben documentar esta historia, y así enseñar a otros a no repetir ese ciclo inevitable de corrupción, muerte, traición, y principalmente, el ciclo de INDIFERENCIA en que nos hacen caer.

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