El Dream Team

El Dream Team

En los años 50 y 60 hubo en los Estados Unidos un equipo que no se volverá a repetir. Lo integraban Frank Sinatra, el líder, Dean Martin (actor, cantante y descendiente de italianos, como Sinatra), Sammy Davis Jr. (un comediante negro), Joey Bishop (músico judío) y el buenmozo de Peter Lawford (inglés, cuñado de Kennedy y encargado de las relaciones públicas, era el único sajón químicamente puro del grupo). Por este popurrí étnico, y por sus vicios y amistades, Lauren Bacall, la mujer de Humprey Bogart, los bautizó The rat pack, bolsa de ratas.

Y eran pillos, sin duda, pero talentosísimos, la más fulgurante asociación artístico-criminal  jamás reunida en la historia de los Estados Unidos. Todo lo que tocaban se volvía oro: un libro, una actriz, un comediante, un casino, una película, un show, un restaurante, un hotel. Eran una máquina de hacer dinero.
Cuando John Kennedy vio con alarma que Nixon lo aventajaba por varios puntos en las encuestas electorales, llamó a Frank Sinatra, Sinatra llamó a los capos, los capos reunieron a los jefes de los sindicatos, éstos reunían a los obreros y listo: dos millones de votos calientitos. Se sabe que el grueso de los recursos de la campaña de Kennedy provino de una mesa de negocios que Sinatra organizó entre los grandes capos de la época.

La admiración de Frank Sinatra por John Kennedy rayaba en el servilismo, y la mujer del cantante, “el animal más hermoso del mundo”, Ava Gardner, se lo enrostraba cada que discutían. “Jack silba y tú saltas”, le decía (para entonces, “Jack” era Mr. President). “La Voz” montaba en cólera y le gritaba alguna bestialidad: “¡Tienes la piel áspera por el alcohol!”. Dolida y borracha, Ava recogía sus ropas farfullando “Canta, Frank, sólo canta”, y se largaba dando un portazo. Pero volvía. Siempre volvían. Ella necesitaba oírlo cantar, y él necesitaba verla, tocarla, olerla, celarla, voltearla, penetrarla, pegarle, llorar.

En The rat pack, la película que narra la historia del grupo, hay una escena de Sinatra y Kennedy solos, en el yate del Presidente en el Golfo de México. Hablan de música un rato. Se callan. El paisaje los calla. De pronto el Presidente la suelta: “¿Cómo es Ava Gardner?”. (Ava salía con cualquiera, excepto con el Presidente). Sinatra suspira –ella lo había abandonado por un saxofonista negro, un tipo bien dotado, seguramente–: “Era como un bourbon deslizándose por la garganta y desplegando allí sus alas como una mariposa dorada… Y ¿qué tal es Marilyn?”. (La Monroe se lo daba a todo el mundo, excepto a Sinatra, el amigo que la había metido en la cama del Presidente). Kennedy no tuvo que pensar mucho para definir su juguete favorito: “Marilyn es como un terciopelo eléctrico, Frank”.

Robert Kennedy tronchó la luna de miel entre el cantante y el mandatario. Su primer acto como Secretario de Justicia de los Estados Unidos fue declararle la guerra a la mafia abriéndoles investigaciones a varios capos, entre ellos a Sam Giancana, “Lucky” Luciano y Frank Sinatra, grandes contribuyentes a la campaña de John. Parece que el Presidente quiso persuadir a Robert de que excluyera a sus amigos de la lista, y le recordó los favores que le debían a la cosa nostra y lo bueno que pasaban ellos con las amigas de Frank (Jane Blakeley –la viuda del comediante Zeppo Marx–, Mía Farrow, Judith Campbell, Grace Kelly, Rita Hayworth y Marilyn Monroe, entre otras) pero el Secretario de Justicia se mantuvo en sus trece. El Presidente insistió. Alzó la voz. El Secretario lo amenazó con renunciar y le preguntó si pensaba liderar un imperio o regentar un burdel. El Presidente agachó la cabeza, y la justicia descargó todo su peso sobre el crimen organizado. Este “torcido” arruinó para siempre las relaciones entre la mafia y los Kennedy (los mafiosos son gente seria) y pudo ser la causa de los magnicidios de John (1963) y Robert (1968).

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