El éxito es la mejor venganza

El éxito es la mejor venganza

Julio Cesar Londono

Es una criatura ubicua. Algo de ella hay cerca de usted en este momento: una canción en el top del Billboard, una película que mueve las taquillas, un videoclip titilando en su televisor, la loción que flota en el salón, el verso que tararea ese muchacho, el diseño del jean que viste su amiga, ciertos ‘pasos’ de baile en las discotecas o sus fotos curvando las páginas de las revistas. Tiene demasiado trasero (4.3 veces el busto de Sofía Vergara, para ser exactos) pero ella lo maneja con soltura.

Es Jennifer López, J. Lo, La Bomba Latina , La Supernova , el punto más alto de la ola de la Generación Ñ, esa camada de hispanos que ha osado pisar duro en Estados Unidos: Luis Miguel, Antonio Banderas, Penélope Cruz, Shakira, Ricky Martin, Cameron Díaz, Salma Hayek, Christina Aguilera…

Nació hace 40 años en un barrio de clase media baja del Bronx, en Nueva York, y desde temprano mostró su inteligencia cinética, esa sincronía entre músculo y oído que convierte sus movimientos en un espectáculo de altísima plasticidad. El bailarín de flamenco Joaquín Cortés lo explica diciendo que “su cuerpo entra en resonancia con la música de una manera perfecta, instantánea y natural”.

Ha filmado con toda la crema de Hollywood (Francis Ford Coppola, Jack Nicholson, Sean Penn, Nick Nolte, John Voight, Richard Gere) pero la película que definió su vida fue Selena (1997), la historia de la popular cantante asesinada en circunstancias misteriosas. Encarnar a una estrella de la canción, cantar y bailar ante auditorios de cincuenta mil extras, le trastornaron el seso a J. Lo. Quizá allí, en el set , cuando el público rugió ella se olvidó de que era una ovación mercenaria, entrevió el resplandor de la gloria y decidió que ella quería ser eso, estrella de la canción, y recibir ovaciones de verdad y vivir y morir en olor de multitud.

Entonces se tomó un año sabático, escribió muchas canciones, estudió y entrenó hasta más allá del límite, cantó con Marc Antony en terrazas, en la ducha y en la cama, y al final le mandó una “maqueta” a Tommy Mottola, director de Sony Music. Al hombre le gustó, la citó en su oficina y firmaron un contrato por dos años y un compacto.

Este primer álbum suyo se grabó en 1999 por todo lo alto. Puffy Combs, Mottola y Emilio Stefan integraron el staff de producción. Jennifer pensó en llamarlo Gipsy, gitana, en homenaje a su época de bailarina itinerante en bares de medio pelo por toda la Costa Este , pero Stefan le sugirió que pensara en algo más original. Entonces resolvió llamarlo On the 6 en recuerdo de la línea del metro que ella tomó por años en esas madrugadas que la llevaban del sucio Bronx a la tierra prometida de Manhattan, a donde peregrinaba a diario en busca de un profesor de baile o a la caza de una oportunidad, mendigando un minuto de audición. Las respuestas variaban: los más delicados le daban “caramelo”; los francos, la mayoría, le tiraban directamente la puerta en las narices. “Manhattan me hacía sentir como mosca en leche —recuerda—. Una vez me contrataron para hacer la coreografía de un figurón. Nadie me saludó al llegar. Al terminar un tipo me dio doscientos dólares sin mirarme. Para muchos de ‘ellos’ somos hispanishes, una plaga, nunca una etnia”. Es pensando en ‘ellos’ que afirma, bella y soberbia: “El éxito es la mejor venganza”.

En su última película, El cantante, Umberto Valverde encuentra méritos argumentales, interpretativos y fotográficos notables pero considera excesivo el protagonismo de Puchi (J. Lo), la esposa de Lavoe.

A pesar de todo lo que ha obtenido, aún no sacia su enorme ambición. “No se trata de premios o dinero —aclara—. Como artista me queda mucho camino por delante y nuevos retos. Quiero, cuando tenga 80 años, mirar atrás y poder decir con orgullo: Yo hice eso”.

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