El futuro es ahora

El futuro es ahora

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Corría el año 2004 y yo cursaba primer semestre de Comunicación Social y Periodismo. Iba en el bus de regreso a casa y en la cabeza me daba vueltas algo que acababa de escuchar en clase; no recuerdo el nombre de la clase ni el de la profe; recuerdo su cara, recuerdo que era bastante buena onda y hasta el día de hoy recuerdo su “premonición” sobre el futuro de la televisión.

“Podremos ver lo que queramos, a la hora que queramos y en el lugar que queramos… Lo único que falta es definir un modelo económico para que eso sea posible”.

Una premisa como esa podrá no ser tan impactante a la fecha de hoy, pero las posibilidades eran distintas hace 11 años cuando Apple apenas lanzaba su primer iPhone, cuando el señor Zuckerberg si acaso soñaba con que Facebook fuera popular en su universidad, o cuando las memorias USB no venían incluidas en las listas de útiles escolares. En ese entonces una idea como esa era difícil de concebir para una audiencia que estaba acostumbrada a la cita diaria con el noticiero de las 7 p.m. y la novela estelar de las ocho de la noche.

Seguía yo en esa posición vegetal azotando la cabeza contra la ventana del bus, con la mirada perdida en las cosas que frente a mí pasaban y pensando en cómo se podría comercializar la televisión si la gente la iba a consumir de la manera que se le diera la gana.

Es importante entender que la pauta publicitaria es el principal combustible de la industria mediática y que el valor de esa pauta depende del segmento en el que el anunciante quiera ubicar su anuncio. De esa manera la pauta considera el horario, las características de la audiencia y su volumen a la hora de determinar el valor de un espacio publicitario. No es lo mismo emitir un comercial de 20 segundos durante una de esas novelas mexicanas reencauchadas de la tarde, a emitir ese mismo comercial en el primer corte del programa #1 en el rating.

¿Y qué pasaría con el famoso prime-time? Ese espacio ensanduchado entre los noticieros de las 7 p.m. y las 11 p.m.; el momento del día que reúne la mayor cantidad de personas frente al televisor, donde se emiten las producciones top de cada canal y por la cual se cobran las tarifas más jugosas a los anunciantes. Si ahora la gente iba a poder ver sus programas favoritos a la hora que quisiera, eso del horario estelar iba a quedar valiendo menos que las súplicas de cualquier gringo en manos del Estado Islámico.

Al parecer no soy tan inteligente, o como diría mamá, “eso no era lo que la vida tenía destinado para mí”, porque no se me ocurrió nada para resolver el modelo económico que le permitiría a la TV seguir viviendo de vender pauta publicitaria. Hoy en día ese tema está más que resuelto y me doy cuenta que el error mío, de mi profe y de toda la clase fue limitarnos a pensar en una estrategia de comercialización que se ajustara a la dinámica establecida tradicionalmente para la televisión, pues la verdad es que poco podrán hacer nuestros adorados canales nacionales contra el modelo de Netflix y sus secuaces.

Al abrirse el espectro de posibilidades que el medio podía tener a la mano gracias a los avances que se estaban desarrollando, aparecerían jugadores más jóvenes con la capacidad de ajustar sus servicios a esas novedades tecnológicas que pronto se convertirían en el centro de la demanda por parte del público. La televisión nacional perdió así importantes porciones de su audiencia pues muchos se cansaron de esos contenidos genéricos que buscan complacer a todo el mundo; se decidieron por productos más honestos, con menos filtros  y pensados desde su producción hacia grupos específicos; eso sin mencionar que son productos disponibles para ser vistos en cualquier momento, sin comerciales ni tiempos de espera.

Dato curioso: Me tomó 2 meses convencer a mi hermana de 24 años que no valía la pena pagar por el obsoleto servicio de TV por cable cuando la TV on demand valía la mitad. Era pura y triste cuestión de resistencia al cambio.

 

Escrito por Felipe Guevara   @felipe_guevara

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