El hombre desechable que ha desechado el mundo


¿Cuántos encendedores estarán en los
basureros, ríos, calles o donde sea que hayan ido por cuenta de mi
placer o vicio? Karma bravo para mí pensar en eso, que además de
fumador soy de los que se azota cada vez que alguien arroja basura a la
calle. No soporto a aquellos que desprevenidamente van dejando por ahí
su rastro – ojo con eso.

El pucho que tiramos a la acera,
el papel de la menta, el vasito del dispensador de Listerine o el
empaque de Bom Bom Bum con palito incluido, no significarían mucho si
no fuéramos tantos los que lo hacemos a diario. Pocos se han
acostumbrado a botar la basura donde se debe, aun cuando no sirva mucho
para apaciguar los malos efectos de estos residuos que están matando al
planeta.

Es increíble que ‘cosianfirulos’ tan dañinos
hayan desplazado a los fósforos. Ya en la memoria de mi generación (los
80, cuando se iban muriendo Plaza Sésamo y los Dummies) se van
difuminando imágenes de pequeñas cajas como las de El Rey, El Faro o
Poker. Han desaparecido de las tiendas regulares. Me han dicho que es
por la incursión de un monopolio español en el negocio, ¡joder! Ustedes
ya conocen aquellas “gracias” del libre mercado.

El
encendedor por supuesto es más fácil de conseguir. Los hay hasta de
$300 (si es que no te los regalan en el supermercado o en alguna tienda
fotográfica), no corren el riesgo de quedar inservibles a causa del
agua, son prácticos y hay tantos motivos en ellos como cosas y marcas
en el mundo. Estuve buscando en alguno el ícono de reciclaje (un
insulto a los orgánicos) y no lo encontré.

Un encendedor
tardará al menos 100 años en desintegrarse o descomponerse,
contaminando el medio ambiente a su alrededor. Busqué información en la
Internet sobre su fabricación y, vaya sorpresa, su inventor Fridrich
Schaechter, financiado por Marcel Bic, “también inventó la máquina de
afeitar, que junto con el bolígrafo y el encendedor desechable, forman
la trilogía de artículos tan humanos que facilitan nuestra vida”.
Facilitadores de la vida (rápida, transitoria, cómoda) tal vez, pero
estos artículos no pueden ser tan humanos por cuanto contribuyen a la
degradación del ambiente de forma egoísta, antinatural y empedernida.

El
encendedor es sólo un ejemplo de la basura que nos echamos encima cada
día y que se extiende a vajillas desechables, pañales desechables,
cámaras desechables, cepillos de diente desechables, etc. Ya hemos
tenido en Colombia varias ciudades en las que la alerta sanitaria ha
corrido por cuenta de los basureros municipales. Y es que la actualidad
del mundo globalizado, impuesta por la cultura de consumo, nos lleva a
cambiar unas cosas por otras de manera rápida; no hay tiempo de pensar
en este desenfreno de consumo. El mercado fomenta una actitud
caprichosa, inerme a la razón.

De esta manera, la gente
en vez de un buen jugo prefiere un “refresco”. Es bien raro que en un
país donde la fruta se pudre, hayamos sido criados a punta de
embotellados refrescos. Para estos bochornos, que ya nos ponen a pensar
en serio sobre el calentamiento global, es mejor una buena limonada que
una dulce bebida gaseosa. Apostémosle al consumo orgánico, con
responsabilidad, saludable. Si el monte se acaba, todo se acaba. No
podemos ser tan tontos como para dejar que eso pase.

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