El martirio de leer

El martirio de leer

Ilustración: Diana Delgado - EL CLAVO

Los que hablan del “placer de la lectura” no saben lo que dicen. Leer será todo lo que se quiera, pero no es un placer. Es un hábito, una adicción, como el cigarrillo, el trabajo o un amor contrariado; es decir, algo más cercano a la pesadilla que a cualquier otra sensación.

Para empezar, los libros son muy caros. Un libro cuesta $30.000 y dura apenas una semana. Usted puede ir a las bibliotecas públicas, sí, pero algunas son muy calurosas y uno se duerme abochornado. Otras son glaciales, y la temblorosa mano no acierta a separar las hojas. Podemos ir con saco, claro, pero la gente va a pensar que uno es abogado, y quedamos con el pecado y sin el género.
Siempre hay, en la mesa vecina, jóvenes que conversan en voz alta impidiendo toda concentración, o dos colegialas que cuchichean en un tono tan inaudible que uno no puede entender bien lo que dicen.

Leer con ventilador es imposible porque las esquinas de las páginas comienzan a aletear frenéticas, como pájaros alebrestados, hecho que ningún neurótico que se respete puede soportar. Las esquinas se pueden ‘tranquilizar’ sujetándolas con un clip, pero los filos de las puntas de estos ingeniosos resortes hieren las páginas de una manera casi dolorosa y entorpecen el acto de hojear, acción y sonido inseparables del “placer de leer”.

Está, además, el problema de la elección del libro. Y digo problema porque los libros se dividen en dos clases: los frívolos, opúsculos que un buen lector no debe ni siquiera hojear, y los interesantes (antropología, sociología, arte, inteligencia artificial, economía, neurología, divulgación científica), materias que nadie entiende. Ni resiste.

Bueno. Seamos positivos. Supongamos que las mujeres se han dormido, la temperatura moderado, los electrodomésticos silenciado (¡Dios existe!), el lumbago no molesta, la vista tampoco, las polillas no revuelan sobre el libro ni entre las fosas nasales y la tecnología ha producido al fin un clip de puntas romas. Los ojos vuelan sobre los renglones y la mente se da un festín hasta que un punto (¡recórcholis!) empieza a moverse. Acercamos el libro a la luz para examinar la cosa. Parece esférica, como todo lo minúsculo, y mona, de un tono parecido a los hongos del papel viejo. Puede ser un animal. Una espora. Un ovni. En cualquier caso, no podemos seguir leyendo un libro cuyos signos de puntuación son móviles, pero tampoco podemos destripar un nanoprodigio semejante, ese pite que tiene, seguramente, patas, dedos y falanges; cabeza, ojos y cerebro; y hasta alma y corazón.

Otro problema es el de la proliferación de los impresos (libros, revistas, periódicos, xeroscopias, etc.), criaturas que llegan con las visitas, con el cartero, con los parientes, debajo del brazo del poeta inédito o que se infiltran por debajo de la puerta y de inmediato empiezan a reproducirse como conejos y en un santiamén agobian el nochero, los anaqueles, el horno, la lavadora y el bóvedo. Clasificarlos es difícil: no podemos hacerlo por materias porque generalmente son híbridos (teología-filosófica, ensayo periodístico, historia-ficción) ni por tamaño: siempre hay algunos tan grandes que desbordan el tamaño del fólder, del archivador, del “acordeón” o del anaquel.

Hay también problemas de probabilidad. De mil títulos publicados, quizá uno sea verdaderamente bueno; de mil títulos buenos, quizá uno cumpla el doble requisito de pertenecer a nuestra esfera de intereses sin exceder los límites de nuestra inteligencia. Es decir, que de cada millón de títulos hay uno que podemos leer con provecho y fruición. ¿Cómo encontrarlo? Sólo hay un camino: leyendo centenares de libros ilegibles. Si esto es un placer…

Contrariando las leyes de la probabilidad una o dos veces por año el libro encuentra su lector (Dios persiste). Entonces, en la tranquilidad de una habitación o en la silla de un bus, se producirá esa comunión del espíritu y la inteligencia, ese acto íntimo de la civilización, la lectura.

Ese momento, ese libro, justifica con creces las miles de horas invertidas en la lectura de cientos de libros de discreta calidad y todo el oro invertido en la pesquisa y hasta los ojos arruinados en la terca empresa.

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