Yo te lo “pido”, tú me “comes”, nosotros “pichamos”

Yo te lo “pido”, tú me “comes”, nosotros “pichamos”

El misterio de lo innombrable

DSC01302A estas alturas, todos nos reconocemos como seres sexuados. Desde muy chicos empezamos a explorar nuestro cuerpo y notamos que hay lugares que no nos permiten tocar o exhibir. Ya un poco más grandes, cuando pasamos por clase de biología, nos explican las “características físicas diferenciadoras y complementarias de los órganos reproductivos”. Lo que no nos dicen, es que de nuestras prácticas sexuales pocas resultan en procreación y muchas se convierten en el piso de nuestra autoestima y seguridad personal.
Un amigo biólogo una vez me dijo que las prácticas sexuales están conectadas con el placer para garantizar que las especies quieran reproducirse. ¡Ah sabiduría de la naturaleza! pensé. No obstante, los humanos hemos sabido salir al quite de tal chantaje pues hoy en día incluso nos reproducimos sin relacionarnos sexualmente y la gama de usos y significaciones que damos a nuestro cuerpo sexuado es muy diversa.
La sexualidad humana está atravesada por efectos simbólicos, representaciones. Como todo lo humano, nuestro “sexo” también es cultura.
Nuestra cultura sexual está inmersa en la ambigüedad y en la mojigatería y sus efectos nos exponen a cualquier cantidad de accidentes, por no mencionar las confusiones que genera el no llamar a las cosas por su nombre. Son tantos los apelativos que usamos para referirnos a nuestros genitales y prácticas sexuales, que cada vez me sorprende más que podamos entender de qué hablamos y además, podamos lograr o resolver nuestros deseos sin tener que recurrir a ayudas didácticas.
Sin ir muy lejos, acostarse, estar juntos, pichar, el pájaro, culear, la polla, la mondá, la cuca, la panocha, el chiquito, darlo, pedirlo, y hacer el amor; algunos de estos términos tan imprecisos (y otros tan peyorativos), no hacen más que referenciar la dificultad de asumir nuestro cuerpo sexuado y nuestros deseos. Llamar a las cosas por su nombre es sumamente importante, tanto para hacer un reconocimiento de que identificamos y estimamos cada parte de nuestro ser, como para expresar y evidenciar lo que queremos y, consecuentemente, lograrlo.
No siempre que tenemos un coito hacemos el amor y hay muchas maneras de hacer el amor sin genitalidad. Por fortuna son muchas las prácticas sexuales que no requieren que estemos acostados o que estemos juntos; de hecho, hay deseos sexuales que se resuelven sin contar con el contacto directo con otra persona. Cuando expreso a alguien mi deseo sexual no necesariamente le pido algo. Cuando alguien corresponde mi deseo es un acto de generosidad tratarnos como iguales y no como algo que se tiene que poseer porque me lo está o se lo estoy “dando”.
La experiencia cotidiana del erotismo puede ser muy saludable e igualmente divertida sin tanto tapujo. Una cosa es el juego y preludio para la conquista y construcción del ambiente que queremos para un encuentro sexual (la intimidad de ese ambiente puede involucrar juegos de palabras), otra muy distinta es la treta, el embuste y la broma en que enmarcamos nuestra naturaleza humana. Ni siquiera el pudor es excusa para no nombrar nuestro cuerpo. Hoy en día tenemos la responsabilidad de cuidarnos y también cuidar de los demás expresando claramente lo que deseamos, cómo lo deseamos y a qué estamos dispuestos para resolver ese deseo. Cuando no somos claros no solamente nos exponemos a no recibir o conseguir lo que esperamos; más peligrosamente, estamos expuestos al accidente, a que den cosas o resultados que ni imaginábamos. Si bien es un riesgo bastante grande un coito sin protección, también insalubre la no resolución de mi impulso sexual ya que mi autoestima está de por medio. Las prácticas sexuales seguras y valiosas están relacionadas con el reconocimiento de mi cuerpo, sus formas, sus posibilidades. Nombrarlo, identificarlo, expresarlo, descubrirlo, desmitificarlo.
Nuestro cuerpo sexuado ya no es un misterio. Empecemos entonces a posicionarlo en el discurso, tanto como en la práctica. Seamos coherentes, responsables y claros. Ya veremos las ventajas de llamar a las cosas y circunstancias por sus nombres…

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