El oficio de la desesperación


La literatura es una rama del arte en la construcción colectiva de cultura en sociedad. Una herramienta lo suficientemente perspicaz como para crear mentalidades, mutar costumbres y lo más importante, abrir mentes. Puede hacer mucho bien o todo lo contrario. Lo importante es reconocer su carácter impetuoso, nada pasivo, para que su presencia y acción sea advertida.

Crea más obras, se multiplica, se extiende como una epidemia por los laberintos de la cultura hasta que, después de provocar mucha reflexión, dignifica al hombre de la mano con la educación. El arte prolonga esa dignidad, la maximiza, la preserva con una agilidad impecable. Nos salva de la locura, de la depresión, del desespero y también del suicidio. Niega lo finito. Todo lo hace eternamente inverosímil no obstante las obras son reales; tienen una representación física porque conviven con nosotros, revelándose con misticismo a quienes tienen el poder de penetrar la cotidianidad mágica de una casa sin adornos, a quienes tienen la vocación mesiánica de advertir el otro lado de las cosas.

Y esto no es sólo una percepción de lector. Hablamos también de los que inventan, de quienes cometen las parodias, de quienes finalmente dominan, por lo menos, su mundo: los artistas. En Colombia nacen por ahí, dispersos entre la multitud. Crecen taciturnos descubriendo la tenebrosa realidad que los rodea y de pronto, el destino les depara una opción, un camino que finalmente no llega a convertirse en una firme elección, pues en el tercer mundo si no se trabaja no se come. ¿Quién patrocinará a un artista?

Nuestras obras literarias nacen ahí, en medio de la desesperación. Se crean alternando la universidad o el trabajo; es una actividad más en la agenda de un presuntuoso. Este ajetreo enloquecedor atrofia las intenciones del escritor, las dispersa y las deprecia. Nos perjudica la indecisión de los tibios y la irresponsabilidad de los calientes. Luego no nace aún el escritor del segundo premio Nobel; no está el otro maestro de las letras, el hombre puro y sin escudos, el que contraríe a los jóvenes entreverados de hoy.

Esto nos permite insistir en la genialidad de lo pragmático, la atracción por lo ilógico y la locura de lo fantástico. El anhelo ferviente de poner a volar un país llenándolo de hadas y fantasmas, cuya proveniencia sea de nuestro mismo entorno, de esos espíritus que llevamos al hombro y que nos susurran al oído. Tal vez así lo diría Gabriel García Márquez, que necesitamos urgentemente el fantasma de la soledad, el padre de todos los genios. Y al mismo tiempo el amor, ese sentimiento irremediable creado por Dios para entorpecer la malicia de los solitarios.

La noche pasa y amanece rápido. Me voy a trabajar a ese horrible contact center…

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