El Petronio Álvarez: un canto a la no violencia

El Petronio Álvarez: un canto a la no violencia

Juan Lorza

Las cinco y doce a.m., sigue sonando el clarinete, decenas de personas bailan a ritmo del Chocó, botellas llenas de biche y arrechón se reparten sin distinción de color. El gris del centro de la ciudad de Cali se ilumina con el espíritu dionisiaco de una música que sabe a mar, que sabe a embriaguez. Es el final de la XI versión del Festival Petronio Álvarez, una fiesta que había comenzado cinco días antes en el Teatro Al Aire Libre Los Cristales y a la que se inscribieron 541 grupos musicales de todo el país, incluyendo la capital.

Creado en 1997, el evento es un homenaje al folclor del Pacífico pero también es un espacio de experimentación que ha generado puentes con otros ritmos musicales, ejemplo de esto es la influencia de la salsa y actualmente de ritmos como la champeta, el rap y la electrónica. La música del Pacífico tiene un espíritu único, ya que más allá de una oralidad que habla de sus conflictos y sus creencias, la escala de 6/8 invita al baile, a la alegría, tanto así que en sus 10 años de historia el festival no ha tenido ningún tipo de disturbio.

El Petronio Álvarez no es sólo una serie de conciertos musicales sino un viaje a través de la ciudad. Por eso desde las nueve de la noche, hora en que finaliza el evento en el Teatro, inicia una caminata musical hasta La Loma de la Cruz , en donde está la tarima para el primer remate que va hasta las 12 de la noche, cuando la calle quinta se llena de música y baile hasta encontrarse en la antiguamente famosa Calle del Pecado. Allí, en ese lugar del pasado bohemio, se ubica el hotel donde se hospedan los grupos musicales y donde continúa la rumba hasta el sol. Como dato curioso, este año fue tanta la afluencia de público, que la policía en un acto plausible cerró la calle y permitió que la fiesta continuara. También es necesario resaltar que en toda la ciudad había eventos barriales (Sameco, Ciudad 2000, Alfonso López, entre otros) en casas de los familiares de las agrupaciones que vienen de las diferentes comunidades del Pacífico Colombiano.

Pero claro, la mirada curiosa de algunos administradores (políticos) locales y de medios de comunicación de la ciudad, que en artículos fríos como el papel periódico, registran el evento sin el calor de la música que lo acompaña, dicen que el Teatro Al Aire Libre Los Cristales se quedó pequeño para el evento, y que existe la necesidad de buscar otros espacios, incluyendo la opción de llevarlo al estadio. Esto sin entender la esencia de un evento que debe resaltarse por estar abierto a todo tipo de personas, sin ninguna pretensión comercial, sin ninguna intensión de vender sino de ofrecer un espacio de expresión de paz y de fomento de la cultura popular.

Para quienes vivimos esta experiencia, y para quienes no, ésta es una voz de protesta para que de ningún modo se permita que el evento se vuelva el negocio de alguna familia políticamente correcta de la ciudad, sino para que siga siendo lo que fue este año. Así incomode a algunos académicos prehistóricos esto de la moda de la música del Pacífico, moda o no, el evento reunió a más de 1.200 personas gracias a la actitud coherente de la policía (a quien aplaudo desde este texto), de la Ministra de Cultura, del Alcalde, y de la Secretaría de Cultura y Turismo que todavía entienden que este Festival es de la gente, de la ciudad, un bien público, un espacio para la distracción, y lo más importante: un canto a la no violencia.

Ojalá no pierdan la memoria.

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