El precio de la posmodernidad

El precio de la posmodernidad

El precio de la posmodernidad

Para abordar el tema del periodismo y su incierto futuro, es menester tener en cuenta en qué tiempo está situada esta civilización, pues el ejercer de éste se debe, más que a intereses económicos y políticos, al predominio de una determinada demanda informativa en la comunidad a la que sirven como garantes de comunicación.

La posmodernidad, actual estadio de la Edad Contemporánea, presenta su proceder revolucionario con la fuerza de un terremoto y la velocidad de un huracán. En su afán por obtener un logro que legitime su filosofía (una filosofía que en las diferentes artes desemboca en obras absurdas con el pretexto de un libre albedrío equivocado y que, a su vez, ha preferido ante el fortalecimiento de nuevas corrientes intelectuales el avasallante desarrollo de tecnologías que son consumidas con una avidez inaudita) busca cambiar radicalmente lo establecido, sin miramiento alguno, sin mayor propósito que el de renovar, así no haya nada significativo en ello.

A poco más de un cuarto de siglo de iniciado el XXI, es inevitable eludir el hecho de que nos encontramos en pleno auge posmoderno y tenemos que hacer frente a sus efectos, entre otros el porvenir del periodismo.

Dada la facilidad con que se accede hoy en día a la Internet, en la posmodernidad se han renovado los cánones que incumben al interés general, haciendo de espectáculos vulgares que se ofrecen en la calle o de controversias que atañen a personalidades de la farándula la única agenda posible para un periódico que quiera ganar adeptos o, al menos, no sucumbir ante la gran diversidad de canales de información que emergen a diario. Es de esperar que un interés de esta índole deje rezagadas investigaciones pertenecientes a otros ámbitos, mucho más trascendentes y concernientes a una realidad nacional, a una conciencia general de lo que sucede en aspectos más loables para una comunidad por su gravitación ante ella.

Necesario es, entonces, aclarar que el actual periodismo sólo da cuenta de lo que el mundo está interesado en saber, de modo que es imprudente culpar a esta profesión de lo que representan quienes la ejercen pues sin una demanda tal no habría esta oferta; es necesario aclarar también que ello es el precio de este tiempo, de una posmodernidad que representa la pérdida de innumerables valores que datan de épocas en que la inteligencia, la sensibilidad y el análisis predominaban ante el morbo, el espectáculo, lo superficial de un tiempo tan insaciable como el actual.

No pretendo con esto afirmar el posible fin del periodismo abordado con seriedad, aunque lo escrito hasta ahora no dejase opción más que la de hacer caso omiso a la ética y la moral para postrarse a los pies de un hoy indiferente, mercantil; por el contrario, busco dar cuenta de que más allá de todo esto, y dado que la génesis de este fenómeno no yace en sus realizadores sino en sus consumidores, siempre habrá periodistas dispuestos a sacrificar un futuro prestigio al oponerse a hacer un periodismo solicitado por intereses mediáticos, banales, inútiles. Será en éstos, más que en ningún otro, en quienes se sostendrá la efigie que representó otrora esta profesión; serán éstos a los que, por ende, podrán acudir aquellas personas que sienten la necesidad de ir a contracorriente de este tiempo, la lamentable posmodernidad.

 

Autor: Jhon Eduar Gamboa Mayor

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