El profesor, el barómetro y el muchachito cansón

El profesor, el barómetro y el muchachito cansón

El profesor le puso “cero” a una respuesta para la que el muchachito recla-maba un “cinco” aclamado.

El caso sucedió en una escuela estadounidense. Es la historia del pleito por una nota entre un profesor atribulado y un muchachito listo, porque el profesor le puso “cero” a una respuesta para la que el muchachito reclamaba un “cinco” aclamado.

La pregunta decía: “Determinar la altura de un rascacielos con la ayuda de un barómetro”, a lo que el estudiante había respondido: “Se toma el barómetro en la terraza del edificio, se le ata una cuerda larga, se lo baja hasta el suelo y des-pués recobramos la cuerda y la medimos. Esta longitud es la altura del edificio”.

Para dirimir el pleito, el profesor y el estudiante acudieron a la rectoría. El estudiante se sostuvo en que el procedimiento funcionaba, mientras el profesor alegó que el papel del barómetro en el proceso era irrelevante. (El barómetro es un aparato para medir la presión atmosférica, variable que depende de la altura). Confundido con la listeza del muchacho, el rector propuso que se le concediera otra oportunidad, con la condición de que la respuesta involucrara conocimientos de física. Al cabo de un minuto de reflexión, el estudiante escribió: “Se suelta el barómetro desde la terraza, medimos el tiempo que tarda en caer y finalmente cal-culamos la altura del edificio con la fórmula h = gt2 / 2”.

En este punto el rector llamó al profesor aparte y le preguntó “¿Qué hace-mos?”. El profesor dijo “Me rindo” y estampó un “notable” en la hoja del examen. Ya se retiraban todos cuando el muchacho les preguntó si querían oír otras solu-ciones. El rector y el profesor dijeron que sí al unísono.

“En realidad hay muchas maneras de calcular esa altura –dijo el chico–. Por ejemplo, se puede coger el barómetro en un día soleado, lo ponemos sobre el suelo verticalmente y esperamos a que su sombra sea igual a su longitud. En este momento medimos la sombra del edificio. Este valor será el mismo de su altura”.

—Es una bella respuesta –dijo el rector pasmado–. ¿De verdad tiene otras soluciones?

“Hay una medición muy básica –dijo el estudiante–, engorrosa pero confia-ble: Cogemos el barómetro y empezamos a subir las escaleras. A medida que su-bimos, marcamos la longitud del barómetro en la pared, como si estuviésemos midiendo la altura de la pared por ‘cuartas’, y esto nos dará la altura del edificio en ‘unidades barométricas’. Como ven, un método engorroso pero confiable y directo”.

“Naturalmente –agregó– si prefieren un método más sofisticado pueden atar el barómetro al final de una cuerda, hacerlo oscilar como un péndulo, medir el pe-riodo T y determinar el valor de ‘g’ (la aceleración de la gravedad) a la altura de la calle y en lo alto del edificio. A partir de la diferencia entre estos dos valores de ‘g’ se puede calcular, en principio, la altura del edificio”.

Ya en el umbral, el muchacho dijo: “Si no tuviera que limitarme a las solu-ciones físicas del problema podría darles infinitas maneras de resolver el asunto. Miren esta: puedo golpear la puerta del portero con la base del barómetro y decir-le, ‘Señor portero, aquí tengo un barómetro de muy buena calidad. Si me dice la altura de este edificio se lo regalo’”.

El cansón jovencito se llamaba Steven Weinberg y realizaría una de las más portentosas tareas de la física: la unificación de la fuerza nuclear débil con el electromagnetismo, hazaña que lo hizo merecedor del Premio Nobel de Física en 1979.

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