El serruchador

El serruchador

Nadie puede asegurar que él estaba allí entre los que se bajaron de las Toyotas, pero el pánico fue suficiente para que los hijos de María Cleofe, que habían oído las historias, lo confundieran con el primero que vieron con el fusil terciado y la pañoleta al cuello.

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Así había sido siempre, desde el remoto octubre de 1989, cuando amarrado de las varillas de una camioneta, se le voló al ejército y, como el ave fénix, con fierros, toldo, lazos y todo, escapó por los aires de la patrulla que lo llevaba detenido. El solo hecho de salir con tanta cosa en la mano, simulando un murciélago gigantesco mientras saltaba, lo volvió famoso. Y cuando en vez de retornar al lado de sus guerrillos se apareció donde los señores, y el comandante de los paracos que lo reclutó era el mismo coronel del Ejército quien lo había visto arrancar de un tajo las varillas y saltar monte arriba escapándosele, su mito comenzó a crecer.

Nadie sabe, en verdad tal vez ni él lo sepa, cuántas personas ha dejado mirando hacia el infinito, pero ninguna de las que ha ido despresando vivas, de las que ha ido desmoronando en medio de gritos atroces, puede olvidar la cara de felicidad, de placer sexual, que pone cuando prende la motosierra y comienza su inmarcesible labor justiciera.

La aprendió desde niño, cuando asomado a la ventanita del anfiteatro del cementerio de su pueblo, donde hacían las autopsias, veía a los médicos despedazar los cadáveres de la guerra que tuvieron los Alzates y los Bonillas, y que por semanas, por meses, por años, les sirvió de marco de preparación a toda una tribu de quinceañeros matones y sin hígados.
La aprendió como adolescente, cuando descubrió que sentía un placer infinito que le entraba por entre las pelotas y le subía a la punta de la cabeza, cada que veía correr sangre y oía gemidos de compasión en las gargantas genitales y bucales de las mujeres que llevaba a la cama con furia de imberbe .
La comprobó a plenitud la noche que taladró el culito amorfo de los mellizos Domínguez y los dejó sangrantes y extenuados, incapacitados de por vida para
ejercer el oficio dionisiaco .
Los siguió verificando uno tras otro, desde Trujillo hasta Urabá, desde Barranca hasta Mapiripán, desde Uramita hasta las montañas de Ceilán, abriéndoles las fauces de la angustia a los que no le conocían, a los que nunca le habían visto pero que se lo imaginaban vomitando fuego por entre sus narices o pisando duro como los ogros de los cuentos de hadas.
Alto, como los písamos que rodeaban la casa donde su padre cuidaba cafetos y
cacaotales. Fornido como los osos de La Planada, donde su madre pastusa socorrió como enfermera al ayudante del topógrafo que tomaba medidas para esculcar las arcas ecológicas y terminó abriendo las suyas para engendrarlo. Peludo de cara y de manos, de piernas y nalgas, supo siempre para qué había sido colocado en el mundo y, sin preguntarle a nadie, avanzó desbaratando angustias y arruinando esperanzas.
En la escuela fue buen alumno, estaba disciplinado de antemano y no tenían que darle ordenes, él las daba, y quien no le obedecía, todavía las está pagando o lo recuerda muy bien, porque al que no le quebró un brazo, le arrancó los dientes de un puñetazo o le desbarató el caminado.
En el colegio de La Planada, donde su mamá lo mandó para que no estuviera yendo de pueblo en pueblo detrás del andariego que era su papá, los abuelos no se lo soportaron y, antes de que tuviera la edad militar, lo mandaron a prestar servicio. Era la única forma de domar potros cerreros que conocían aquellos pastusos.
Allí aprendió lo que le faltaba. Allí consiguió permiso para matar, y con el fusil al hombro, con la bayoneta calada, o con la chapa de la correa, prolongó la muerte de todos los que fueron cayendo bajo su manto arropador.
Mientras hizo los cuatro meses de cuartel, nadie se metió con él. Pero tres veces lo mandaron a lavar los sanitarios, porque a medianoche se levantaba a darle golpes de mandoble al que se tiraba un pedo. Por alguna razón que ni acaso él entendía, no había nada más agresivo ni que rompiera las invisibles normas con las cuales se comportaba, que oír a alguien tirándose un pedo.
Él, que se bañaba desnudo delante de todos, que no tenía recato en hacer el amor en el escenario de un teatro con mil ojos que lo detallaran. Él, que parecía venir esculpido desde el mismo mármol, de lo duro que resultaba ser en sus gestos, no podía permitir que nadie se tirara un pedo en público.
Para él tirarse un pedo era un acto íntimo que todos debían respetar, y quien no lo hiciera merecía su reacción, así fuera a medianoche en los dormitorios de camarotes, donde compañías de cuarenta o más hombres podían ocultar al responsable.
Él se las ingeniaba para percibirlo, y si resultaba oloroso, con mayor razón, y a golpes de sus puños, o a patadas de sus gigantescas piernas, cobraba la ofensa.
Terminaron por cogerle miedo, y cuando lo mandaron al campo y lo despacharon de batallón, como ya estaba autorizado para matar y sabía hacerlo mejor –pues no en vano lo había perfeccionado con las clases en el cuartel- buscó la forma de comprobarlo, de ejercerlo magistralmente aunque nadie terminara por imitarlo.
Tenía una puntería inaudita, y a distancia sí que más. Cargaba una fortaleza sansoniana y, hombro a hombro, derrotaba hasta a su propia sombra. Guardaba una astucia de ratón de panadería, y antes de que los demás llegaran, él ya se había devuelto. Pero pese a que para todos sus compañeros era evidente este cúmulo de cualidades bélicas, para quienes le mandaron, desde el teniente Ortiz hasta el coronel Chinchilla, él no fue nadie distinto a los otros reclutas, y por el contrario, les parecía un caballo grande con dificultades de montura.
Debió haberse cansado de no ser reconocido, de no ser identificado como el soldado que ocasionaba las bajas de los enemigos del Estado, y antes de volverse a topar con el desconocimiento, terminó en las filas contrarias, esperanzado de que en la guerrilla sí iba a encontrar el camino para que lo admitieran como era, para que le tuvieran el mismo miedo que le tenían los pedorros y el respeto que su padre le había inculcado que le guardara a la fierecilla indomable de su madre pastusa.
No tuvo que esperar mucho, porque en lo más ardoroso de uno de los combates en las faldas del Suaza -cuando el que no caía acribillado se derrumbaba río abajo y se volvía añicos contra las piedras del torrente- él se las arregló para oler la guarida de los rivales y, con la fuerza de sus ojos o el aura inacabable que había heredado de su abuela, convencerlos de que no iba a matarlos, como bien podía haberlo hecho con una sola ráfaga, sino que quería unirse a ellos para derrotar a quienes le desconocían.
En el ejército nunca lo reportaron como desertor, sino como desaparecido en combate. Más de uno de sus compañeros ciegos dizque lo vio caer a lo profundo del río. El capitán lo describió como un héroe en la carta que le mandó a su madre dándole el pésame; pero cuando ella la recibió, él ya había conseguido la forma de hacerle saber que estaba vivo y seguiría siendo, si no el mismo que ella mandó al cuartel, uno mucho mejor en el otro lado.
En la guerrilla resistió más, porque la pirámide que estaba encima de él era mucho más pequeña, y su accionar parapetado en las orillas de los montes -acabando hasta con el nido de la perra de sus antiguos compañeros- fue reconocido, aunque tampoco valorado como él quería que lo fuese.
Parecía un niñito encabritado buscando el afecto de la madre lujuriosa. Quería recibir una bala más, un fusil distinto, una mirada tierna del impreparado comandante por haber sido capaz de disparar mejor que los demás, o por haberse olido a distancia la salida del atolladero en que la imbecilidad los metía a cada rato.
Pero no buscó cómo cortar el hilo, porque la columna donde lo mandaron terminó aislándose, imponiendo su territorio, autofinanciando su propio estar, convirtiéndose en inasible para todos hasta permitir una paz octaviana, en donde sus ímpetus asesinos no pudieron ejercitarse porque no hubo rival. Hasta que llegó el coronel con sus tropas constitucionales y se les metió camino adentro y, al descuido, les capturó a casi todos en el campamento de La Línea.
Nadie ha olvidado allá el episodio, aunque tal vez no sepan que el mismo gigantón que ahora serrucha por estas tierras es quien, cual tornado gringo, abrió sus brazos aquél día en la camionetica Chevrolet, donde lo montaron los soldados, apretujado con sus otros compañeros, vigilado por los tímidos fusiles. Y sin que nadie lo previera y sin que alguien pudiera hacer algo, paralizando miradas y actitudes, cogió las barandas y las varillas, y haciendo remolino con ellas, se inventó un escudo al que no le entraron ni balas ni ordenes ni miradas ni gritos. Y montado en él, como si fuera el jinete del torbellino, rodó loma abajo o se fue volando hasta lo profundo del cañón y se perdió ante los ojos de los soldaditos, pero no de la memoria de las gentes de La Línea y mucho menos del Coronel.
No volvió a la guerrilla, sino que se metió Colombia adentro a trozar árboles con la motosierra, a volver la selva cafetales. Muchos meses después, cansado de herir la tierra a golpes de azadón, amarrado a la esperanza de no tener que seguir haciendo esfuerzos para que el grano de café no se le saliera por entre sus manos de gigante dormido, oyó decir que llegaron los paracos , y fundamentándose en su arrogancia, en su perfil de rinoceronte, fue a alistarse con ellos.
No tuvo que decir nada, ni tan siquiera mostrar sus habilidades con las Galiles o su certeza con la “punto 50”. Apenas el coronel Chinchilla -quien se había cansado de simular su pertenencia a las fuerzas constitucionales- lo vio entrar al corredor de la finca donde reclutaban, se levantó a abrazarlo, y desde ese instante las fuerzas opuestas se tornaron de nuevo en torbellino.
De eso hace ya bastante rato, y a lo largo y ancho de muchas tierras de muchas regiones, se ha ido convirtiendo en el quinto jinete del Apocalipsis. Y mientras más días pasan y más mujeres aparecen en su vida, otras más, viudas y desamparadas, esparcen su imagen, deliran ante sus huérfanos sobre las crueldades de su motosierra, y crecen por todas las orillas de esta patria ensangrentada la noción infinita de que nadie podrá detener al serruchador.
Que no se puede marchitar
Muy joven
Orgía
Animal doméstico que ha vuelto al estado salvaje. Terco, rudo, bruto.
Oculto en una fortificación que protege a los soldados hasta la altura del pecho.

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