El sombrero y la rosa

El sombrero y la rosa

Julio César LondoñoLa magia y el milagro se parecen: ambos son actos que trasgreden las leyes naturales. La diferencia es poca: el milagro es serio, la magia divertida. (Las personas serias, dicho sea de paso, no creen en dioses ni en magos). Repasemos dos ejemplos, uno religioso y otro pagano.

Luego de sufrir las plagas en sus cultivos, la peste en sus animales, la muerte violenta de su familia, la ceguera y la lepra, seca ya la garganta de injuriar al cielo, Job reflexionó sobre su suerte y se dijo: “Miro las líneas de mis manos (Job era quiromántico) y sólo buena ventura leo en ellas. Miro los astros (Job era astrólogo) y tampoco en ellos veo signo alguno de mi desdicha”. Entonces el santo comprendió que todas las desgracias que le habían ocurrido obedecían al designio divino —pues sólo Dios puede alterar el destino de los hombres— y cesó de blasfemar y oró, y volvió al seno del Señor.

Ahora vamos al teatro y vigilemos a ese señor de sombrero de copa que se remanga el saco, nos mira sonriendo, nos muestra su mano, vacía y lenta, la cierra, vuelve a sonreír —ahora con felicidad— y cuando la abre sus dedos son pétalos. Luego sopla, y la rosa desaparece.

A decir verdad el “truco”, como lo llamamos con cautela los intelectuales, ya empieza a cansar un poco a todos, incluido el mago, y el público lo recibe con el aplauso unánime y lánguido que nos merecen los milagros viejos. Pero hay desazón debajo de esta calma aparente. Que un fulano nos meta los dedos a la boca de esta manera es mucho más de lo que nuestro orgullo puede resistir. En ese momento en cada persona hace crisis un orden y una concepción del mundo. Un número de magia, milagro mundano, acaba de quebrar nuestra fe en que los milagros no existan.

Una vez fuera del teatro, todos vuelven a ser personas serias, es decir, escépticas. Pero los “escépticos” se dividen en dos: los místicos, personas que creen en Dios, un mago que se hizo a sí mismo y luego sacó el universo de la nada: flores, pájaros, piedras y estrellas, todo lo sacó el creador de la nada; el otro grupo lo forman los intelectuales, personas que juran que el universo (flores, pájaros, piedras y estrellas) salió de una fluctuación de la nada en el vacío, sin el concurso divino, hace 15 mil millones de años y pico. Como ven, dos explicaciones absolutamente mágicas.

Una persona consistente aceptará que ambas cosmologías, la que proponen Las Escrituras y la que los físicos tratan de demostrar, chocan con nuestro sentido común; así como tenemos que aceptar, si no somos fanáticos de la ciencia, que la telepatía no es más misteriosa que la fuerza gravitacional. Ambas son una suerte de mensajes informáticos que se desplazan sin sustrato ni vehículo conocidos (el gravitón, la partícula que suponemos responsable de la gravedad, no ha podido ser detectada hasta ahora).
La gente no cree en la magia porque sospecha que siempre hay un truco detrás. Si es así, si todo es un engaño, juego de manos, prestidigitación, entonces la magia es un asunto mucho más complejo de lo que pensamos. Si los magos no tienen poderes reales, su oficio es verdaderamente portentoso. Que Dios saque del sombrero pájaros y estrellas es lo menos que uno puede esperar de semejante potencia. Pero que la rosa desaparezca sin más ni más de la mano de un buen hombre de cubilete, me estremece. Es poético. Es mágico.

Quizá siguiendo este mismo razonamiento, los magos nos han persuadido de que sus actos son trucos. (La mejor jugada del Diablo, dijo Baudelaire, fue convencernos de que no existe).
Por lo pronto, yo seguiré adorando a los magos porque la magia, señoras y señores, es un pequeño milagro que puede prescindir de la fe porque obra, libre de dogmas y de sectas, por la pura gracia del juego.

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