Elegir

Elegir

Hoy en día la imposición de ir a la universidad está tan arraigada en la mente de todos que se acepta como si fuera lo lógico y natural, lo que sigue después del colegio.

Foto: Cortesía Pilar Quintana

Desde siempre me echaron el cuento de que las personas nacíamos libres. Y que esa libertad era un derecho que se ejercía eligiendo. Al principio yo traté de darle crédito. No lo decían solamente los profesores, lo decían los grandes libros, lo decía la gente importante. Algo de razón debía haber ahí. Aunque lo cierto era que a mí me parecía de una ingenuidad brutal. Porque, para empezar, uno no elige nacer, a uno le imponen nacer.

El ideal de la libertad, así, tratado en abstracto, puede sonar de lo más delicioso y encantador. Eso nadie lo niega. Pero también es innegable que está fundando en una contradicción. Si la libertad consiste en elegir, ¿cómo va nacer libre alguien que no lo eligió?

La contradicción, por supuesto, no acaba ahí. En seguida, todas y cada una de las evidencias de la vida práctica se empeñan en demostrar que uno sigue adelante sin elegir. Es que ni siquiera se llega a escoger algo tan propio y personal como el nombre que va a llevar.

Mucho menos elige uno ir al colegio. No creo que ningún niño de cinco años en su sano juicio se decidiría por las aulas si le preguntaran qué quiere hacer durante los próximos doce años. Yo, definitivamente, me hubiera quedado en la cuadra de mi barrio patinando, de arriba a abajo y de abajo a arriba, con el viento dándome en la cara. O me hubiera quedado en el Club San Fernando, tirándome por el rodadero, avanzando a zancadas por la piscina de los chiquitos, hundiéndome como un submarino por el pasillo que comunicaba con la piscina oscura de los clavadistas y clavando una y otra vez desde el trampolín más alto. Si uno se arrastra esos doce años por el colegio es porque le toca.

Y por la misma razón uno va a la universidad. Nunca se ha visto que a un estudiante de once de hoy en día le pregunten: Oye, hijo, ¿ya decidiste si vas a ir a la universidad? La pregunta que sí le hacen, en cambio, es: ¿ya decidiste qué estudiar? La imposición de ir a la universidad está tan arraigada en la mente de todos que se acepta como si fuera lo lógico y natural, lo que sigue después del colegio, como si la única opción posible fuera la escogencia de una carrera.
Y luego uno se gradúa y tiene que trabajar y entonces se espera que uno se case y tenga hijos y se compre un carro, un apartamento, muchos muebles y objetos y electrodomésticos, hasta que llegue a viejo y se muera.

A los 27 yo ya había recorrido la primera parte de ese proceso. La idea de que nacíamos libres y que esa libertad se ejercía eligiendo, como es obvio, me parecía un mal chiste. Lo único cierto era que yo, en mi vida, no había elegido nada. Y la perspectiva de seguir completando el proceso como se suponía que debía hacerlo, me resultaba francamente intolerable.

Entonces le terminé al novio con el que iba a casarme, renuncié al trabajo, vendí todo lo que tenía, me compré una mochila amarilla, empaqué cinco pintas de viaje, escribí mi primera novela mientras me deshacía de todo y, cuando la terminé, me fui. No me importaba para dónde ni a hacer qué. Lo único que pretendía era romper con lo que me había tocado ser en la vida. Y, acaso, sentir que en últimas uno sí podía elegir.

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