Gabo, el patriarca

Gabo, el patriarca

gabo el patriarca

Una vez le preguntaron a García Márquez cuál era su libro preferido. Cuando todos pensábamos que nombraría a Cien años o al Coronel, el escritor respondió: “Mi plana más importante, la que puede salvarme del olvido, es El otoño del patriarca”.

El éxito de una obra es un suceso aleatorio; puede depender incluso de consideraciones literarias, o del capricho de un jurado, lo circunda el misterio y ninguna estética puede preverlo, y ningún marketing garantizarlo. Con todo, el vaticinio de GGM puede acertar porque el libro une a su espléndido argumento varias audacias técnicas. Esta conjunción de virtudes la hacen una obra atractiva para los historiadores de la literatura; un hito tan atractivo como los trabajos de Joyce o de Góngora.

A Gabo, se sabe, lo fascina el poder. La rauda caravana que escolta al poderoso, los “anillos” que lo protegen, los solemnes rituales, los himnos, la omnipotencia, su bondad o su maldad y su aureola casi mítica son cosas que ejercen sobre el escritor un poder hipnótico. Ha estudiado las dictaduras de la historia y sufrido las de su tiempo; ha sido amigo personal de varios tiranos del Caribe y enemigo jurado de otros. Desde cuando leyó a Mrs. Dalloway de Virginia Woolf su memoria guardaba este párrafo:

“Pero no había duda de que dentro del coche se sentaba algo grande: grandeza que pasaba, escondida, al alcance de las manos vulgares que por primera y última vez estaban tan cerca de la Majestad de Inglaterra, el perdurable símbolo del estado que los acuciosos

arqueólogos habrían de identificar en las excavaciones de las ruinas del tiempo, cuando Londres no fuera más que un camino cubierto de hierbas…”

Es fácil reconocer aquí la atmósfera y el tema de El otoño del patriarca, un libro sobre el enigma del poder humano, sobre su grandeza, soledad y miseria, según la definición del autor.

En lo técnico, lo primero que notamos es la puntuación; páginas y páginas sin un solo punto, sólo comas. Sin embargo, el resultado no es caótico ni la lectura forzada. Al contrario, es una prosa rítmica que guarda una medida natural, muy próxima al metro de la conversación. La diversidad de pausas se resuelve por medio de interjecciones y vocativos que jalonan la narración (ajá, carajo, señor, mira…); son una suerte de comodines ortográficos que reemplazan los signos de puntuación y anuncian los cambios de tiempo o de narrador.

Pero quizá el principal aporte formal del libro es el pulimento de una técnica cara al siglo XX: el monólogo interior.

El proceso venía de mucho tiempo atrás, cuando apenas deletreaba y comenzaban a fascinarlo las palabras y los cuentos orales. Cuarenta años más tarde todo, lengua vital y monólogo de literatos, se conjugó. Fue en el capítulo XIV de Cien años, donde Fernanda del Carpio le propinó al parrandero de su marido una cantaleta de página y medio sin escupir, porque las cantaletas no tienen puntos. Tal vez ya latía en su diestra una andanada semejante, sólo que de 300 páginas, El otoño del patriarca.

Aparte del cautivante argumento, de las audacias sintácticas y el castellano virtuoso, debemos agradecer las bondades de su humor, rara avis de las letras pues siempre hemos padecido una cómica aptitud para la tragedia, y una trágica incapacidad para la comedia.

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