¡Gracias papá!

¡Gracias papá!

gracias papá

Hace 30 años el periodismo colombiano recibió uno de los golpes más duros en toda su historia. La mafia asesinó al director de El Espectador, Guillermo Cano, a quien nunca le tembló el pulso para denunciar el tenebroso poder del narcotráfico. En Cali, tres meses exactos antes, había caído don Raúl Echavarría Barrientos, asesinado —pudo comprobar la justicia— con un arma oficial. Bajo ese panorama nació la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Autónoma de Occidente en Cali.

Después de sortear una maraña legal —menos densa eso sí que la requerida hoy para tramitar una pensión de profesor— el sueño se consolidó el 19 de diciembre de 1985 y despertó el 2 de abril de 1986 a las 7:00 a. m. No son números, ni matemática simple, los 80 estudiantes pioneros son la punta de un iceberg que con 4.187 egresados, navega por las densas aguas de la comunicación, el periodismo, el cine, el diseño y la publicidad.

En 1986 Juan Pablo II sembró esperanza en nuestro suelo y Virgilio Barco desconfianza, pues nombró solo liberales en su gabinete. Las masacres de Tacueyó y Pozzetto se escribieron con tinta sangre. Estalló Chernóbil y el planeta fútbol se rindió a la zurda de Maradona. Ese fue la sala de partos de la Facultad.

Soy solo uno de sus egresados, solo uno de sus profesores y parte minúscula de una multitud que conforma lo que el cemento y el ladrillo no pueden: una idea convertida en imagen, símbolo y representación de la formación profesional.

Estudié periodismo movido por la curiosidad y el amor. No a la esquiva y relativa verdad, ni a la mentirosa objetividad, ni al compromiso social o la idea de cambiar el mundo. No. Soy mucho más normal y menos intenso de lo que les parezco a mis estudiantes. Me matriculé porque quería que mi papá me leyera en el periódico. Nada que captara más su atención que la prensa. La devoraba. La doblaba con tal destreza —para dejarla justo en el tamaño ideal—, que llegué a creer que me ocultaba ser maestro de origami. Lo asesinaron el 22 de marzo de 1991. Nunca me leyó y sigo escribiendo para él.

Por eso contrario a lo que hoy pueda vendérsele en términos mediáticos a las nuevas generaciones, hace 30 años ya se le apostaba a la paz y con unas condiciones francamente desfavorables. Un Belisario Betancur al que le pesaban los coletazos de la avalancha de Armero, el holocausto del Palacio de Justicia y, aunque la historia no le haya dado el valor suficiente, el haber desistido de realizar el Mundial de Fútbol.

Por entonces, la sociedad aún tenía cierto respeto para con el periodismo. La imagen del periodista en cambio, comenzaba a perfilarse  como la de un chismoso que algo escribe, toma fotos y hace videos. Esa percepción social, unida a la crisis de la justicia, la falta de liderazgo del Estado y la desunión entre colegas, ha llevado a tal estado de postración.

Trabajo para que eso cambie. Esta es la imagen que tengo de la Facultad de Comunicación Social en la que me formé y en la que trabajo, que será una de esas imágenes que tal vez, si uno tiene la muerte del justo, lo acompañe en su último suspiro. Gracias por leerme papá.

 

Autor: Lizandro Penagos

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