El hada de las ‘tetas’

Foto:Luis Gaviria - El Clavo

Siempre que entraba tenía que mirarlas. Sabía que llevaría un gran escote o una blusa de solo tres botones que dejaba ver los tres o cuatro vellitos rubios de su ombligo y una línea indivisible que me invitaba a perderme dentro de sus pliegues y luego oler, besar y alucinar en el interior de su busto.

Pero nada de eso pasaba, sólo podía entrar y sentarme a dos o tres pupitres de ella. Sentía el olor fascinante de su perfume e imaginaba como endulzaba con su olor toda la textura suave que rodeaba aquel par de senos redondos, perfectos y duros. No muy disímiles de aquellos con los que soñaba en la infancia y que podía acariciar ligeramente en un descuido, mientras me escondía bajo sus naguas. –Niño Vitor, ¡quédese quieto! No ve que estoy ocupada–, me decía mientras su olor híbrido de cebolla y fogón destilaba por aquel cubículo en el que creaba todo tipo de obras gastronómicas.

Con este pensamiento mi mente regresaba al salón de nuevo y luego de añorarlas otra vez, imaginaba cómo sutilmente sus manos apuntaban cada mañana hacia ellos y perforaban sus poros con aromas agradables de varias esencias odoríferas. Escuchaba extensas jornadas bajo el caluroso abrazo de su compañía. Las miraba por momentos fugaces para que ella no se incomodara. En el fondo siempre supe que lo disfrutaba. Que gozaba sabiendo que yo moría por ellas, y que también nunca las tendría. Mi boca nunca podría besarlas. Sentir su contacto tenue con mis labios, mientras mi lengua se apodera de esa energía sobrenatural, nunca pasaría, sólo podían seguir siendo objeto de mi intenso fetiche.

Otras muchas veces soñé con su presencia. Que bajo su adormecedor abrazo descansaba mientras mi nuca se posaba en todo su prominente relieve. Podía escuchar cómo el latido de su corazón se aceleraba cuando mi mano se posaba sobre la protuberancia que representaba aquel par de fabulosas tetas. Luego vine a darme cuenta de que sólo me gustaban las grandes. Repudié las pequeñas cuando en un cuento de García Márquez se refirió a ellas como “teticas de perra”. Era el cuento de una nieta desgraciada y su abuelita, que resultó ser una completa “pichurria”. Entonces por el sólo hecho de imaginarme a la pobre niña esta semidesnuda con sus “teticas de perra” al aire y llena de desgracias ya me dejaron de gustar.

Nunca he podido vencer mi adoración. Me resulta incómodo ir a un lugar y no poder levantar mi mirada de la parte superior del tórax. Ver cómo todas se llenan de formas, colores, texturas. Además tienen grandes aliados, wonder-bra, que pueden levantar hasta la caída libre más tenaz. Delicados encajes que si quisieran les dejarían andar sin blusita en la piel. Invisibles tiras que dan a la imaginación la sensación de estar volando cuando en la realidad se encuentran ahí a un paso del suelo.

Años después vine a entender por qué me gustaba tanto la canción “quiero una novia pechugona”, y cuando ese temor se volvió realidad, con una novia de época, quise enloquecer de emoción. Hoy no tengo novia y las que he recientemente he tenido no son ‘pucheconas’. No obstante, espero con un cigarrillo en la mano y un brassiere en la otra, que el ‘hada de las tetas’ me recompense con un 34-B de calificación. Obviamente si el hada no aparece, -mija aquí le tengo los cinco milloncitos. Porque como diría un gran revelador de la verdad: sin tetas no hay paraíso.

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