Hitler, Bush y la predestinacón

Hitler, Bush y la predestinacón

DSC01298En un discurso pronunciado ante inmensa multitud (Munich, marzo 14 de 1935), Adolfo Hitler dijo: “Recorro con la seguridad de un sonámbulo el camino que trazó para mí la Providencia”. Cuando anunció su candidatura presidencial (Austin, Texas, 1999), George W. Bush afirmó: “Dios quiere que yo me postule para la presidencia”.
No dudo que esas dos aseveraciones, separadas por 64 años, obedecían a una convicción verdadera, no se trataba de simples frases demagógicas. Uno y otro, el dictador nazi alemán y el presidente de Estados Unidos han tenido la percepción enfermiza de ser enviados de Dios para cambiar el mundo.
No son los únicos que, a través de la historia, han tenido esa misma convicción. Pero en la época contemporánea, ninguno como Hitler y W. Bush han tenido en sus manos tanta capacidad de hacer daño… en nombre de una pretendida misión divina. Lo de Hitler ya es historia escrita con sangre. Lo de Bush apenas comienza.
En el caso de Hitler, se admiran los historiados por qué un hombre de pobre cultura, sin más formación que el bachillerato y algunas lecturas mal digeridas, antiguo “cabo” del ejército y pintor fracasado hubiera obnubilado a los sucesores de Beethowen y Mozart, de Goethe y Kant, de Federico el Grande y Bismarck. Se admiran y no lo entienden todavía. Pero ocurrió así, con consecuencias dramáticas para el mundo y con la destrucción de la propia Alemania.
No son muchos, en cambio, los que hoy muestran su sorpresa porque el país de mayor desarrollo económico y tecnológico, el de las universidades más prestigiosas, el que tiene científicos más brillantes, mayor número de patentes registradas y la mayoría de los premios Nobel, acepte la “predestinación” de George W. Bush, una inteligencia menos que mediocre, un “hijo de papi” sin verdaderas credenciales académicas, un hombre que pasó 20 años de su vida entre el licor y la droga, antes de convertirse en cristiano fervoroso (y peligroso).
Corresponderá a las futuras generaciones admirarse de este nuevo “predestinado” y de la aceptación que encuentra, de manera activa o con el silencio cómplice, entre el pueblo norteamericano. Se admirarán… y tampoco van a entenderlo. Quiera ese mismo Dios, de cuyo nombre abusó Hitler y abusa ahora W. Bush, evitar que las consecuencias de 2003 se parezcan a las de 1939.

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