Hup! Sit! Attack!

Hup! Sit! Attack!

Foto por: Beatrice Aguirre

Le dimos la bienvenida a Tommy ilusionados con que sería un “tacita de té”. En tres meses había crecido 40 centímetros y era un French Poodle rollizo y amanerado, ladrando sobre sus dieciséis uñas por toda la casa. El adorno kitsch vivo de la clase media colombiana.

He oído hablar pestes de su raza, sobre todo entre “gente bien”. Yo no sé qué complejo nacional encarnen estos perritos enanos y pelichurruscos. En mi opinión, son graciosos e inteligentes, y he hecho muy buena amistad con los que han compartido mi casa.

Tommy, el último, era lo que yo llamo un French con dignidad. Jamás usó correa. No aceptó alimento en pepas de ninguna marca (adicto a las rancheras y la ampolleta frita). No se dejó sobornar con chichiguas para cumplir órdenes ridículas como “sit” o “rollito”. Y nunca, pero nunca, dio la manito. Era, en definitiva, una criatura sensata. Aún sus asomos de cobardía, como cuando veía un perro grande y se acercaba corriendo para que lo cargara, podrían interpretarse como muestras de su ilimitado ingenio de supervivencia.

Yo digo: si vas a tener una mascota, déjala ser. Hacerle moñitos o manicure es lo de menos. Hablo de no cortar colas, encerrar, dar pelas, asestar coitus-interruptus con agua hirviendo. Con el tiempo, he aprendido a leer en la libertad y actitud de cada perro el nivel de tolerancia de amos, vecinos y barrios.

¿Quién dijo que habían de ser mansos y silenciosos? Como si un perrito de verdad pudiera pasarse el día hundiendo las patitas en papel higiénico Scott. Qué tristeza dan esos Labradores o San Bernardos echados en un tapete, obesos y aburridos. ‘Nobleza’ le llaman. En realidad, los dejan morir de colesterol frente a un televisor, a veces en la más absoluta virginidad. Porque hay dueños que ni siquiera les hacen el favor de cruzarlos. Dizque sus mejores amigos.

Ciudad 2000 fue, por un tiempo, un paraíso para perros. Después de llegar al barrio, Tommy conoció a una perrita de pedigree incierto y voz chillona, cuyo noble oficio era acompañar al vigilante de la cuadra. Para felicidad de los canes y horror de los vecinos, tenía la particularidad genética de estar en calor la mayor parte del año. Detrás suyo siempre había una recua de perros jadeantes, de todos los tamaños, razas y colores.

Fue una historia de amor de verdad. Tommy, dandy del estrato cuatro, se enamora de la hija del vigilante y hacen el amor a hurtadillas en todos los rincones del vecindario. Estilo mexicano.

De pronto, un día, no la vimos más. La Junta del barrio, harta del espectáculo libidinoso y temerosa de ver su raza emparentar con la del sereno, lo amenazó con quitarle el puesto si no se deshacía de la perrita. El vigilante la botó lo más lejos que pudo, para que no encontrara el camino de vuelta. Días más tarde (la reconocí por una manchita blanca en la cabeza) la vi sobre un andén de la autopista Simón Bolívar, flaca, sola y desorientada. Los mismos vecinos de la “acción comunal” llorarían esa noche lágrimas de cocodrilo frente a alguna escena de trágica intolerancia en el noticiero.

A Tommy, que nunca volvió a disfrutar de una perrita tan liberal, tuvimos que regalarlo a otra familia un año más tarde. Nos mudamos al estrato cinco, a un edificio de gente bien donde no aceptan perros. Él vive todavía, y a veces lo visito. Me aterra su acelerado envejecimiento de perro, pero sobre todo me sorprende que no me guarde rencor. Con su mal aliento de siempre —por tanta “comida de sal”— se acerca corriendo y me hace fiestas para que lo rasque. Por un momento. Después recupera su temperamento agrio de perro adulto, gruñe y me pela los dientes para que le quite las manos de encima. Jadea, late y se va. Qué perro, siempre ha hecho lo que se le da la gana.

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