Iguana

Iguana

Imagen tomada de :http://img15.deviantart.net/4eb7/i/2012/076/d/0/iguana_colorful_01_by_slyelf-d1x966m.jpg

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“Iguana” no es un término muy familiar a mi vida. Tal vez, sólo lo evoco cuando algo me moja, inexplicablemente, bajo un árbol. En su término literal, no es un animal que me dé miedo. 

Las fobias son tan inexplicables como el amor: fijaciones sin sentido, ni aparentes fundamentos lógicos. A mí, en realidad, las iguanas no me causan más que el amor y respeto que, por ser una persona afortunada, siento hacia los animales.

Lentos movimientos, seria y penetrante mirada… Porque ser animal también es un arte. 

En el lago que queda a una cuadra de mi casa, hay muchas iguanas. Una vez, yo estaba pecando ahí, una saltó de la nada y mi pecado y yo nos sobresaltamos mucho, como si nos hubieran pillado.

Ese día ya estábamos trastornadas. Seguro, hasta la imaginamos; pues pecar, aunque sea en sano juicio, trastorna. De hecho, más si es en los cinco sentidos. Entre más de ellos nos acompañen, mayor efecto. Es sinceramente proporcional. Mayor consciencia, más disfrutas y ojalá esta confesión no llegue muy lejos porque es un secreto entre mi pecado (a quien, tal vez, no debería llamar así), el lago, la iguana y yo.

Es interesante tener secretos con la naturaleza. No sé por qué me inspira confianza ¿Será porque es muy silenciosa o porque no habla mi idioma y no me puede delatar? En todo caso, me la inspira. Aunque, más adelante, fui horriblemente delatada.

Otra de mis experiencias con iguanas fue muy temprana. Cuando yo estaba en séptimo grado en el colegio; había una niña que era una mujer, una mamasita, una leyenda en toda la ciudad y era una niña porque estaba en mi salón.

Se llamaba Rosalinda y era uno de esos nombres literales, no de los irónicos (aunque, su apellido no era tan literal). Ella tenía una iguana y como le gustaba llamar la atención, la llevaba al colegio, sobre su hombro.

Todo el mundo la admiraba a ella y a la iguana y en su casa, se le podía ver pasear por las cortinas; pero, esta historia tuvo un final trágico e inesperado cuando un día la iguana mordió a Rosalinda; cumpliendo el deseo de muchos (morderla, no que la iguana lo hiciera) y la agredida, en su defensa, la cogió de la cola, le dio vueltas en el aire y finalmente; la tiró contra una pared, causándole la muerte, después de algunas convulsiones.

Lo bueno fue que, aunque sea, ella parecía arrepentida al otro día; al contarnos la historia en el colegio, al que cariñosamente llamo “el prostíbulo”.

Ahí está mi corta experiencia con las iguanas o con tal palabra. Esta es una de las tareas más extrañas que he hecho. Estoy pensando que, tal vez, no la entendí bien. 

Creo que pocos hemos tenido el privilegio de ser asustados por una iguana en un momento sensualmente crucial; aunque, seguramente, sí de conocer a Rosalinda y a su iguana asesinada.

Escrito por Lorena Arana  @AranitaArepita

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