¿Intolerante yo?

¿Intolerante yo?

Volaba yo plácidamentecuando me sobresaltó un sonido impensable en un avión en plenas maniobras de aproximación al aeropuerto. Aferrado a mi silla presté atención y entré en franco pánico cuando se repitió lo que inconfundiblemente era un celular timbrando con vigoroso entusiasmo.

Todavía tembloroso por el sobresalto, confirmé horrorizado que en el asiento delantero una señora de mediana edad buscaba afanosamente el aparato que no paraba de sonar. Quien quiera que la estuviera llamando parecía conocer el Axioma No.1 de la Llamada al Celular de una Mujer: “marca siempre dos veces; la primera para que el teléfono se haga oír desde el fondo del bolso de donde debe ser rescatado, y la segunda para que la susodicha tenga oportunidad de contestar”. Aunque creí que ya lo había visto todo en materia de indolencia, la señora finalmente hizo emerger el aparato de su cartera y ¡contestó! la llamada! ¡Sin siquiera sonrojarse! Sin importar las miradas asesinas de sus vecinos de pasillo, la señora habló tranquilamente como si estuviera en la sala de su casa y no poniéndonos a todos en peligro al interferir las comunicaciones del avión.

En ese momento pasé del susto a la franca indignación. ¿Cómo es posible que alguien fuera tan irresponsable? ¿O sería desconcertantemente bruta? Personalmente no creo que una llamada por celular vaya a hacer que el avión se caiga, pero mi punto es que la señora desobedeció una orden relacionada con su propia seguridad, y no creo que tuviera conocimientos avanzados de ingeniería aeroespacial como para estar segura de que su contravención de la orden fuera inofensiva. Una cosa es la desobediencia civil a una orden del gobierno o del poder judicial con la que no estamos de acuerdo (como la de los israelíes que se negaban a abandonar los asentamientos de Gaza) y otra cosa muy distinta es hacerse el loco sin tener una razón (así sea subjetiva) para disentir. Es pasable cuando alguien llega tarde a cine y olvida apagar el celular, pero otra cosa muy distinta es que esta señora se haya “olvidado” de hacerlo después de que las azafatas le advirtieran ¡dos veces!

Allí descubrí que en realidad no soy tan tolerante como creía ser. Acongojado, reconocí que puedo respetar a alguien que tenga uno posición distinta de la mía pero sólo cuando tenga argumentos, o que por lo menos esté genuinamente convencido de que sus motivaciones subjetivas son válidas. Ahí mi tolerancia se estira para escuchar voces diferentes y enriquecer la discusión con otros puntos de vista, pero no es de caucho. Tiene un límite. En mi caso, el umbral de tolerancia acaba donde la gente hace cosas (o deja de hacerlas) por negligencia, por estupidez o por pereza.

En un mundo ideal, yo seguiría el consejo de Fito de “no hacerse de enemigos que no estén a la altura del conflicto”. Pero precisamente con los que desbordan nuestro umbral de tolerancia es que hay que intentar formas creativas de manejar los conflictos.

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