La amoralidad del pensamiento progresista

La amoralidad del pensamiento progresista

pensamiento progresista

“¡Dios mío, usted qué está pensando o en qué planeta cree que vive!”, esa suele ser la reacción de una madre, un padre, o en general de muchos colombianos cada que escucha a alguien estar de acuerdo con temas coyunturales como el aborto, matrimonio igualitario, o la eutanasia (estos por citar algunos de los que se ha hablado durante los últimos años en nuestro país). Y es que parece un pecado pensar un poquito diferente o querer una sociedad más pluralista, más progresista.

Aborto, eutanasia y matrimonio igualitario les suena a pecado en cuanto a moral religiosa o moral social (dirigida por esa misma religiosidad). ¿Pero acaso les sonó a pecado el momento en el cual la mujer adquirió su derecho al sufragio? ¿O acaso fue pecado decir que los afrodescendientes son nuestros iguales y no hay motivo para la discriminación por el color de piel? ¿O repudiaron la masacre de sindicatos que buscaban la reivindicación de sus derechos? Irónicamente: no fue así. Y es que los que ahora dicen: “¡usted qué está pensando!” fueron justamente los progresistas de nuestro ayer.

Pero, ¿por qué detienen a los progresistas de hoy?, puede ser que con sus luchas creyeron que, en cierta forma, estos serían principios inquebrantables, o inmutables y que la moral que había evolucionado con el cambiar de la sociedad permanecería. Pero como efecto dialéctico los principios que una vez creyeron inquebrantables fueron menguando en una sociedad que -dirigida por corrientes como el capitalismo y el socialismo- fue transformándose y dando nacimiento a diferentes segmentos que empezaron a pedir ser reconocidos dentro de ella.

Entonces, ser progresista o tener un pensamiento progresista nos hace ser sujetos amorales dentro de una sociedad que considera sus pilares, morales, únicos e imperecederos, y olvidamos nosotros, por otra parte y como expresé antes, que ellos fueron los progresistas en su momento, y que bajo sus luchas fueron muchos los derechos, principios y batallas que se ganaron. En este sentido, no existiría “pecado” en librar nuestras contiendas, así como lo hicieron ellos para dar cabida a una sociedad amplia y pluralista.

El pecado, o más bien, el verdadero error sería dejar estas luchas en el camino. Y si todos recordáramos esas justas de nuestros progresistas del ayer y nos diéramos cuenta que esa moral no puede ser eterna y no reconocer segmentos sociales, seguramente la expresión que nos lanzarían sería: “¡Dios mío, usted qué se queda callado, mire los abusos, ayude a transformar esta sociedad… así como nosotros lo hicimos!”.

Ps. La amoralidad de pensar, en contravía, viene siendo un delito que se paga con la libertad.

 

Escrito por Mauricio Duarte   @UnTalDuart

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