La ciudad y las plantas

La ciudad y las plantas

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Los parques en los asentamientos urbanos aparecieron como una necesidad en la Inglaterra del siglo XIX, cuando el apiñamiento de las personas en esa ciudad gris causó oleadas de crímenes, enfermedades y descomposición social. Fenómenos generados por la ausencia de verde.

Durante más de 200.000 años (el tiempo aproximado que los humanoides llevamos en la tierra), hemos estado al lado de las plantas. Su verde resalta los frutos amarillos y rojos, sinónimo de tranquilidad y seguridad para nuestra especie. Las plantas producen oxígeno a partir de la luz solar y dióxido de carbono (CO2) –principal producto de la combustión– y lo liberan a la atmósfera, son nuestra principal fuente de alimento, son hábitat natural de la fauna, restauran el suelo y crean microclimas.

No hay agua sin plantas, y sin plantas se incrementan las inundaciones. Esta aparente paradoja se explica al comprender que es el tejido vegetal de las cabeceras de los ríos el que retiene y genera el flujo de agua entre la tierra y la atmósfera. No hay agua sin plantas porque son éstas las que generan el ciclo de intercambio entre el suelo y la atmósfera, para que luego se precipite nuevamente en forma de lluvia, niebla o granizo. Sin plantas hay inundaciones porque son éstas las que retienen el agua en las lomas y la liberan lentamente a los ríos y a la atmósfera. Las raíces de las plantas sujetan con fuerza la tierra y la protegen de la erosión causada por el viento y la lluvia. Sin plantas, el agua de la lluvia corre desbocada por los cauces de los ríos, llevándose a su paso el suelo desprotegido, casas, animales y puentes. El buen entendedor entenderá por que tanto alboroto de los ambientalistas cuando tumban árboles.

Me gusta divulgar las bondades y total dependencia que tenemos de las plantas, seres vivos a quienes muchos ignoran y que están allí con nosotros, sobreviviendo y sobreviniéndonos día a día, entregándonos sus frutos para consumirlos y dispersar sus semillas junto al resto de la fauna circundante, en medio de una economía de libre mercado que solo espera que se aumente el consumo sobre un recurso limitado. Increíblemente, muchos de los premios Nobel de economía recibieron este galardón por sus modelaciones de un sistema económico insostenible.

No es una cursilería (por más que nos guste la urbe y su estilo de vida complejo y acelerado, con grandes desafíos para nuestro cerebro y nuestras habilidades sociales), dependemos de las plantas. El papel en el que se imprime esta revista, la madera de los instrumentos musicales más urbanos, los tejidos de algodón que vestimos, la proteína que consumimos y de la que estamos hechos (la que no se toma directamente de las plantas, se toma de animales alimentados con plantas) provienen de ellas. También tienen origen en las plantas algunos metabolitos que generan controversia, como en la Cannabis sativa o la Erythroxylum coca, pero las plantas son, sobre todo, junto al agua y el sol, la fuente de nuestro sustento y disfrute, como lo saben los pueblos indígenas y lo supieron nuestros ancestros, que veneraron las amadas y sagradas plantas americanas Solanum tuberosum (papa) y Zea mays (maíz) cuya utilización para obtener alcohol carburante y mezclarlo con gasolina para combustión constituye uno de los mayores crímenes de esta humanidad, al convertir lo que podría ser el alimento de muchos, en combustible de un estilo de vida mezquino e insostenible.

Me gusta la ciudad, pero con plantas.

 

Autor: Julián Naranjo

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