La crítica al criticón

La crítica al criticón

No voy a referirme a “El Criticón” de Baltasar Gracián, que por cierto es una novela que debería incluirse en los programas académicos de formación secundaria; me refiero al ciudadano común que todo lo critica y hasta busca diferentes medios para elevar su crítica a la vida pública, ya sea en el minimundo de su blog o en alguna revista universitaria que busca colaboraciones ad honorem o en innumerables cartas que envían a la redacción de los diferentes diarios locales y nacionales hasta lograr que alguno le publique su misiva.

El criticón es primo hermano del opinólogo. Siente que tiene un deber moral de decir lo que no le gusta y generalmente nada le gusta y jamás está contento con lo que hay; el opinólogo a su vez suele emitir su opinión como si con ella pudiera cambiar el mundo y además piensa que es su aporte para el mejoramiento de la sociedad, sin embargo, suele recurrir a herramientas más pedagógicas que el criticón para hacer llegar su mensaje a otros.

Estos dos son miembros de la gran familia de colombianos que pocas veces van a las urnas a votar, nunca han participado en los concejos comunitarios, jamás han pisado la Procuraduría ni la Contraloría para levantar sus denuncias o para lo más elemental que es pedir información o aportarla con pruebas a las investigaciones que se le adelantan a funcionarios públicos. Se limitan a leer el periódico, las revistas de opinión y cuanta columna escribe algún otro criticón con más aval que ellos, para luego condensarlo en un artículo que montan orgullosamente a su blog o en el medio que les permita hacer eco a las voces de terceros. ¿Cuántas veces no hemos leído algo sin siquiera preguntarnos por qué no se hace una denuncia formal? ¿Por qué ese ciudadano con ínfulas de periodista no usa las instituciones democráticas para hacer lo correcto, levantar la denuncia, aportar las pruebas que tiene y motivar a otros para que hagan lo mismo?

Así, nuestros medios y la web están saturadas de espacios de opinión pública que a lo único que llevan a los lectores es a pensar: “sí, claro, por eso estamos como estamos”. Y sanseacabó. Creo firmemente en la libertad de expresión, creo en la democracia pero no creo que los colombianos sepamos cómo usar las herramientas que nos dan para ejercerlas. Libertad de expresión no es decir lo que me viene en gana del político que me cae mal y sospecho que comete actos fraudulentos o poco ortodoxos en su administración porque en alguna parte leí que otro dice que así es. Democracia no es participar desde la comodidad de mi computador escribiendo cuanta crítica se me ocurre sobre los sucesos nacionales para luego regodearme con los comentarios que recibo sobre lo que escribí y mucho menos para responder con nuevos artículos a quienes no están de acuerdo con mi crítica para demostrarles que estoy documentado al respecto. Eso además de ser una tremenda canallada, demuestra lo irresponsables que somos en el uso de la palabra escrita.

Los pocos colombianos que de una u otra forma tenemos la posibilidad de escribir en un medio masivo, que tenemos acceso ilimitado a Internet para alimentar un blog o portales de opinión tenemos una responsabilidad social con este ejercicio, tenemos el derecho de expresar nuestra opinión pero también el deber de generar cambios y para ello no podemos limitarnos al artículo sino que debemos tener acciones concretas que avalen nuestras palabras. Si no nos gusta el despilfarro de un gobernador o la falta de compromiso de un alcalde, si la gestión de tal o cual funcionario público me genera dudas y tengo fuertes indicios para pensar que detrás de alguna administración hay manejos indebidos, antes de hacer la crítica en un artículo es necesario investigar y si es el caso denunciar formalmente para luego sentarme tranquilo frente a la computadora y escribir con toda la propiedad del caso lo que pienso y lo que opino, no sin antes pensar en una propuesta de cambio; es decir, que de nada sirve la investigación, la denuncia y la opinión si ésta no va acompañada de una propuesta a la cual el lector pueda decir: ¡Me adhiero! Eso es generar movimientos ciudadanos, eso es responsabilidad social, eso es compromiso. Todo lo demás es la crítica por la crítica de la que estamos ñatos los lectores y mucho más los lecto/escritores.

Y mucho ojo, que esto es una democracia “participativa”, dicen los opinólogos.

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