La enseñanza del perro

La enseñanza del perro

La enseñanza del perro

La Grecia antigua erigió unos paradigmas culturales en los que la civilización occidental se ha inspirado en forma recurrente, retomándolos y ajustándolos a través del tiempo. Gran parte de esta cultura nos ha sido legada a través de grandes obras literarias que para muchos son la cúspide de la erudición y el desarrollo intelectual. Pero la antigüedad también nos ha legado obras de carácter indefinido, curiosas y particulares, como un pequeño libro titulado “Vidas de filósofos más ilustres”, escrito por el historiador Diógenes Laercio en el siglo III D.C. En pocas páginas este libro reúne biografías, fragmentos de filosofía griega y doctrinas sumarias; pero lo que lo hace tan particular, es incluir un montón de anécdotas y chismes atribuidos a dichos pensadores y filósofos de la antigüedad. Muchos de los pasajes de este libro pueden resultar bastante divertidos, incluso algunos estudiosos lo consideran un claro ejemplo del humor antiguo; además, esta obra pone en relieve el fuerte influjo que tenían en la antigüedad el chisme y la anécdota como fuentes de información y verdad.

Entre sus páginas podemos ver desfilar los nombres de: Tales, Sócrates, Platón, Epicuro, Pitágoras, Herodoto, (por nombrar sólo algunos de los más conocidos, la lista es bastante larga). Pero fue Diógenes de Sínope, tocayo del autor y exponente arquetípico de la filosofía cínica, quien llamó mi atención en especial; en principio, por lo mordaz y entretenido de sus anécdotas, rumiándolo algo más y no exento de cierta visión romántica de mi parte, por encarnar utópica y radical oposición frente a las instituciones sociales.

Diógenes nació en el año 412 A .C. En la ciudad de Sínope (actual Turquía), de donde fue desterrado pues trabajando con su padre que era banquero, se dice que se dedicó a falsificar el dinero. Más tarde esta anécdota se interpretó como una metáfora de su filosofía, que denuncia como falsos los valores establecidos e invita a sustituirlos. Parece ser, sin embargo, que el hecho de su exilio lo tomaba con ironía y hasta humor, “si ellos me condenan a irme yo los condeno a quedarse”, afirmaba cuando alguno le recordaba su condición de desterrado. Pasó el resto de sus días entre las ciudades de Atenas, Esparta y Corinto; viviendo en extrema austeridad, pues consideraba que la ambición material y los deseos esclavizan al hombre. Dormía en las calles, incluso se dice que durante algún tiempo tomó como morada un viejo barril (imagen algo caricaturesca que se ha conservado a través del tiempo). Vivía de limosnas que pedía persuasivamente o exigía a los transeúntes y amigos. Decía que la vida era sencilla pero los hombres se empeñan en complicarla por lo que se esmeró en vivir sólo con lo necesario. Una anécdota apócrifa refiere que llegado Alejandro Magno a Corinto fue a visitar al particular personaje del que tanto había escuchado, se paró frente a Diógenes, que se encontraba echado en la calle, y luego de presentarse le dijo: “Pídeme lo que quieras, te será concedido”, a lo que éste le contestó: “pues entonces córrete, que me tapas el sol”. No obstante esta anécdota es poco creíble pues no concuerda con los referentes históricos que se tienen, su origen puede atribuirse más bien a un afán de reunir a dos personajes opuestos: el megalómano Alejandro y el austero Diógenes.

Diógenes rechazó radicalmente las convenciones sociales por ser artificiales, ajenas a la naturaleza humana y por lo tanto coercitivas a la libertad; comía carne cruda y satisfacía sus necesidades fisiológicas en la vía pública. Habiendo sido descubierto una vez masturbándose en público, y al exigírsele una explicación, contestó con sarcasmo: “Ojalá pudiera saciar el hambre con igual facilidad, sólo frotándome el estomago”. Aludiendo a su desvergüenza e impudicia, sus contemporáneos lo apodaron despectivamente “perro”, kyon, en griego, palabra de la que se derivó kynikoí, que traduce cínico, y que fue el término con que se designó su filosofía y a sus seguidores. No obstante, como muchas palabras, este término ha transformado su significado con el tiempo; actualmente se califica como cínico quien aún a sabiendas de estar obrando mal se jacta de su conducta, pero el significado antiguo de la palabra cínico, si bien tiene en común con la acepción moderna la alusión a la desvergüenza en el comportamiento, no implica el estar obrando mal, sino el tener la desvergüenza necesaria para criticar aquello que está mal en la sociedad, pero que los demás, precisamente por vergüenza (o conveniencia social) no se atreven a denunciar.

Se burlaba de quienes mucho predicaban pero aplicaban poco: filósofos, oradores y demás cultores de la retórica. Su pedagogía era mucho más directa y persuasiva; se valía del ejemplo, del humor e incluso del escándalo, para exponer sus puntos de vista. Se dice que en una ocasión, al ver a una mujer que adoraba a los dioses en posición sumamente inclinada (y tengamos en cuenta que, si bien dicha postura vista de frente demuestra devoción, vista desde atrás puede sugerir ideas muy distintas) con la intención de censurar su carácter supersticioso, le dijo. “¿No te da reparo mujer, que haya algún dios a tu espalda, ya que todo está lleno de su presencia, y le ofrezcas un feo espectáculo?”. Viajando en barco fue secuestrado por piratas y puesto a la venta como esclavo, cuando el mercader le preguntó qué sabía hacer respondió: “sé mandar, véndeme a un hombre que necesite un amo“. Impresionado por su ingenio fue comprado por un hombre llamado Xeniades, quien lo llevó a vivir a Corinto y lo nombró tutor de sus hijos. En Corinto vivió el resto de sus días; de su muerte, a los noventa años de edad, existen varias y curiosas versiones. Se dice que, consecuente con su doctrina y haciendo gala de un férreo autodominio, decidió suicidarse conteniendo la respiración. Otra versión afirma que murió intoxicado por ingerir carne de pulpo cruda. Y otra versión más, quizás la más divertida, dice que murió por una mordida que recibió cuando intentó alimentarse junto a otros perros.

Diógenes sobrevive al tiempo más que como un ser histórico, como un personaje literario, como una leyenda que representa la resistencia al orden social establecido, que corrompe y sega la libertad del hombre. Mucho tiempo después, y en un contexto completamente diferente sigue siendo pertinente revisar este personaje; pues su crítica, más allá de estar circunscrita a un tiempo-espacio concreto se dirigió a aspectos esenciales de la civilización. Puede resultar fácil subestimar el valor filosófico del cinismo, por su carácter asistemático y controversial, pero lo que definitivamente nos enseña el cínico es la importancia de una actitud crítica y reflexiva frente a los paradigmas sociales, reconsiderar, siquiera por un momento, lo que hemos tenido siempre por incontrovertible.

Bibliografía: “La secta del perro” de Carlos García Gual / “Las cuatro muertes de Diógenes el perro” de Roxana Kreimer / “Vidas de los filósofos más ilustres” de Diógenes Laercio.

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