La era de las feas

La era de las feas

Julio Cesar Londono

La historia es paradójica. Justamente en los 80, cuando empezaron a proliferar los gimnasios, la cirugía estética y el culto por el cuerpo, comenzó la era de las feas. El periodo fue brillantemente inaugurado por Lady Di, una narizona trepadora que tenía mal apetito en la mesa pero estaba dotada, en cambio, de un furor uterino incontrolable en la cama. La princesa brincaba con una energía envidiable de lecho en lecho, de donde sólo se levantaba para ir de shopping o visitar los estudios de televisión y contar sus hazañas de alcoba para humillar al bobazo de su marido y joder de paso a la culifruncida familia real.

Su muerte enlutó a las mujeres de Occidente, identificadas hasta la médula con ese culebrón inglés de niña plebeya y sufrida, prisionera en un mundo repleto de joyas, yates y falos.

Pamela Anderson es otro caso de éxito inexplicable. Fue la más popular de todos los símbolos sexuales de finales de siglo y su página era visitada todas las noches por millones de pajizos desvelados. Fea, bruta, masoquista (sus maridos tienen que cascarla para que lubrique) y con pinta de “diabla” del bajo mundo, es dueña de unas tetas estrambóticas y unos labios de succionadora industrial que han copiado hasta el delirio los cirujanos de Cali, Medellín y Pereira.

Otra figura emblemática del periodo fue Julia Roberts, una mujer de ojazos café y pelo castaño con reflejos caoba rojizos. Su apariencia era oscilante: a veces lucía como una feíta común y corriente, y en la escena siguiente exhibía una belleza que encandilaba. Ni ella misma se lo creía. “Nunca he estado satisfecha con mi físico — ha confesado —: mi boca es demasiado grande, el labio superior no tiene bonita forma, las piernas son muy largas, la cadera muy ancha y mis senos muy pequeños“. Dicen que, recién levantada, Julia parece que hubiera sido operada por la cirujana de “Chupeta”.

Padecía crisis nerviosas agudas, episodios que resolvía revolcándose con un ejército de actores de reparto o, en su defecto, con los técnicos de los estudios.

Pese a todo, fue la virgen de Hollywood, la primera actriz que se les venía a la mente a los directores de casting a la hora de elegir la protagonista de un drama romántico o de una comedia rosa. Por eso la prensa la llamó “La novia de América”, título que la encabronaba.

Paris Hilton no canta, no baila, no actúa, no nada. Alcohólica, ex convicta, con un rostro bobalicón y un nombre tan ridículo que parece hecho sobre medidas para su rostro, es una mujercita tan insignificante que resulta difícil llenar un párrafo hablando sólo de ella.

En el mundo del modelaje abundan las feas porque los diseñadores saben que un rostro bello puede eclipsar a toda la colección. En las pasarelas no se necesitan mujeres sino perchas altas. Por eso triunfan en el mundo de la moda viejas como Naomi Campbell, un híbrido entre gorila y jirafa que, además de fea, es una tipa cruel que goza azotando a sus criadas.

En Colombia hay modelos bonitas porque somos un país corroncho en esto de la moda. Con todo, tenemos una modelo con pinta vamp, Tatiana de los Ríos. Debe ser bandida desde que es capaz de andar con tipos tan ricos y tan ordinarios como el Tino Asprilla, especialista en bandidas tontas, tipo Lady Noriega, quien le copió el tetamen y los labios a Pamela Anderson.

Todas estas chicas deberían aprender de mujeres como Adriana Arboleda, esa modelo que se sostiene en el top del top sin necesidad de escándalos. O como Juliette Binoche, esa menuda y bella francesita que no ha condescendido a realizar ni una sola película meramente comercial. O como tantas feas que, a fuerza de inteligencia y espíritu, se vuelven encantadoras y uno termina viéndolas divinas y amándolas locamente. Quizá era en una de estas que pensaba el poeta cuando escribió: “La felicidad es salir con una mujer bien bella… o bien amada“.

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