La imagen en movimiento: Un juguete hipnótico

La imagen en movimiento: Un juguete hipnótico

El cine fue un invento tardío porque para llegar a él fueron necesarios el drama, la rueda, la música, la escritura, la pintura, la fotografía, la electricidad y las lentes.

Su historia empieza la noche del 28 de diciembre de 1895, cuando Louis y Auguste Lumière apagaron las luces de un café de París y pusieron a soñar a un auditorio que aún no sale del encantamiento. Los 74 parroquianos que no alcanzaban a colmar la sala vieron, estupefactos, una locomotora que atravesó en silencio la pantalla, y luego unos obreros que salían de una fábrica, hecho que no los aterró menos que la enorme y silente locomotora. Cuentan que una vez terminada la proyección, que sólo duró 7 minutos, y encendidas las luces, los espectadores tardaron en reaccionar. Era apenas natural. Era la primera vez que soñaban en grupo. No tenían un nombre para esa “cosa”. La “cosa” era tremendamente real, sólo que muda y en blanco y negro. No tenían muy claro si era un fantasma o la sombra de un fantasma lo que les había saltado encima. Quizá alguno pensó en la fotografía –prodigio al que apenas se estaban acostumbrando– ¡pero era insoportable que una fotografía se moviera! Debieron sospechar que todo era un fraude, un timo ingenioso, la mentira más excitante que hubieran visto jamás. Imagine usted que va por la calle y sorprende a un caballo conversando con un perro a cuadros, y tendrá una idea del estupor que abrumó esa noche a esas 74 almas de Dios.

Han pasado cien años y aún no nos reponemos de la sorpresa. Cómo será, que más de la mitad del tiempo libre lo pasamos contemplando hipnotizados una frívola y exitosa hija del cine, una muchacha glamorosa y descocada, la televisión.

Los físicos, gente famosamente descreída, aseguran que las figuras del cine no se mueven realmente. Es una ilusión, predican, producida por la rápida proyección de fotogramas estáticos, y sostenida por la persistencia de las imágenes en la retina –fenómeno que también sería el responsable de del no darnos cuenta que la mitad del tiempo que dura la proyección la pantalla está a oscuras. (Quizá tengan razón. Creo que Platón, cuyas sombras chinescas proyectadas sobre el fondo de la famosa caverna de su República prefiguraban el cine, estaría de acuerdo).

El cine es un suceso singular en la historia de la humanidad por varias razones: porque es una combinatoria de artes y oficios–de aquí su potencia–; porque es la única de las artes que se ha desarrollado completamente ante nuestros ojos y, por lo tanto, conocemos cada fase de su desarrollo: los pormenores de su génesis, las vilezas de sus ídolos, los giros de su gramática, la evolución de su tecnología y las argucias de su marketing; porque es la más popular de las artes, la única que puede darse el lujo de tener a sus fieles haciendo miles de ‘colas’ todos los días y en todo el mundo; porque en sus escasos cien años de vida nos ha proporcionado muchas de las propuestas estéticas más estimulantes, las miradas más profundas y las reflexiones más conmovedoras sobre la condición humana; y porque es la única creación de la mente humana que es –al tiempo– una técnica, un arte, un invento, un lenguaje y un medio de comunicación.

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