La imprudencia de decir la verdad

La imprudencia de decir la verdad

César López

Foto: Alejandro Palomino - EL CLAVO

Desde muy pequeño aprendí que decir lo que pensaba era motivo de un pellizco. “Señor, ¿qué le pasó en la cara?” y ¡trin!, full pellizco de mi mamá en el brazo. Me empezaba a confundir porque no entendía nada, ¿qué había de malo en preguntar algo que quería saber? Y para rematar, me decían que era un maleducado.

Más adelante, en el colegio, me la montaban porque cuando el profesor hacía la pregunta de siempre: ¿entendieron?, yo levantaba la mano y con sinceridad le decía que no. Lo peor es que todo el salón me miraba como un burro, pero ellos tampoco habían entendido. Así perdí mi primer curso de Inglés y el profesor lo supo traducir al Español en una carta: “el niño es muy buena gente, pero no entiende, va a un ritmo distinto al de sus compañeros”. De ahí viene el bloqueo que tengo ahora cuando me preguntan do you speak english?

Muchos me dicen que ser sincero es una virtud; mi experiencia dice que no siempre. Porque sé que decirle la verdad, más aún a las mujeres, es embarrarla. Yo no tenía ni idea de qué responder cuando fui a la primera fiesta de 15 años y me preguntaron si mi amiga estaba linda, sabiendo que parecía un payaso después de que sus tías le habían pintado la cara. Era como si le hubieran disparado con la escopeta maquilladora que Homero se inventó en un capítulo de Los Simpsons. A las mujeres sí que les encanta la mentira.

En la universidad había un tipo que era el Tony Meloni. A todas les decía que estaban lindísimas y las tramaba con un “qué chimba tus zapatos”, “estás reflaca”. Ése man sí sabía cómo era la cosa.

Los manes perros y los políticos son igualitos, le dicen a la gente lo que quieren que les digan con tal de quedarse con su tajada. Y lo peor es que todos saben que les están mintiendo. Es una extraña forma de relacionarse, de tratar de quedar bien con todos, donde el carácter y la personalidad se pierden.

Entonces, de forma consciente, trato de evitar que mis pensamientos pasen demasiado tiempo por mi cabeza, para que la cultura hipócrita y mentirosa no me afecte mucho. La pena es una pendejada que nos enseñan desde pequeños y que se confunde con ser montañeros. Por eso lo mejor es preguntar tranquilos sin quedarnos con nada guardado, asumiendo las consecuencias.

Por eso es que vivimos en una sociedad que castiga a los que dicen libremente lo que piensan, una sociedad que les hace el feo a los que no se refugian en la pena y la prudencia para dejar salir sus palabras.

Ahora soy el imprudente del paseo, el inmaduro. La persona que le toca hacer las preguntas que a los demás le da pena hacer, a pesar de que cuando las hago, los mismos que me han impulsado a decirlas, me miran con cara de “huy, a este man cómo se le ocurre preguntar eso”. Eso me identifica, soy el maleducado, el que no sabe distinguir los espacios hipócritas en las reuniones. Pero también soy de esas personas a las que muchos le cuentan sus secretos, porque saben que no me escandalizo por nada y que tristemente les toca llevar una doble personalidad. Porque esta sociedad los ha criado para ser quién deben ser y no quiénes son en realidad.

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