La infame conducta de Moctezuma

La infame conducta de Moctezuma

Cuando Hernán Cortés entró a finales de 1519 en Tenochtitlán (hoy México D.F.) fue recibido por una numerosa comisión de notables aztecas. Luego vino un edecán que portaba tres varas y en seguida apareció Moctezuma, el líder de los aztecas, el pueblo que sojuzgaba a los demás pueblos mexicanos. Era el único que iba calzado. Cuando estuvo ante Cortés besó la tierra. Cortés quiso abrazarlo pero el hombre de las varas lo detuvo con un gesto (sólo después supo que el abrazo significaba desprecio).

Apoyándose en la traducción de la Malinche, la mexicana que Cortés amó, Moctezuma desmintió las acusaciones de los Tlaxcal­tecas, que lo acusaban de abominar de los españoles, y los rumores que corrían sobre sus fabulosas riquezas. “Las casas, ya lo ves –dijo–, son de piedra, cal y tierra, no de oro”. Cortés se deshizo en venias, habló poco y tomó nota de todo.

Moctezuma tenía varias residencias. Una de ellas, en la que más se detiene Cortés, quedaba en la cima de una colina ubicada en el centro de la ciudad. Podía albergar a dos príncipes con sus cortejos; tenía cinco lagos de agua salada destina­dos a las aves marinas, y otros tantos de agua dulce reservados para las de río. Los lagos se vaciaban y volvían a llenarse por medio de bombas y canales con esclusas que los comunicaban con la gran laguna sobre la que estaba edificada la ciudad. La limpieza de los lagos y las provisiones de peces, gusanos y frutas para las aves estaban a cargo de un ejército de esclavos. Había mujeres que conocían las enfermeda­des de las aves, y hombres que conocían las de los peces.

Había una especie de establo con jaulas grandes de maderos muy bien labrados y encajados que encerraban fieras extrañas que los españoles desconocían. Una de ellas llamó la atención de Cortés. Parecía un puercoespín gigantesco, tenía muchas patas y una feroz jeta dentada en la cola.

Desde el momento mismo de la llegada de Cortés a la ciudad sucedieron hechos en los que asombran por igual la temeraria audacia de Cortés y la pusilánime conducta de Moctezuma: en cuanto llega el conquista­dor, el emperador azteca se apresura a declararse vasallo del Rey de España. Una semana después es secuestrado con gran facilidad por los hombres de Cortés, ¡y detenido en calidad de rehén en las residencias ofrecidas a los españoles dentro del mismo Tenochtitlán!

No contento con esto, Cortés emprende un inoportuno proyecto evangelizador, censura la religión de los aztecas, derriba ídolos, proscribe ritos y anatematiza sus dioses. En las noches el emperador visita sus serrallos en compañía de sus captores, bebe y retoza pero no escapa –ni siquiera lo intenta– y regresa a prisión beodo y satisfecho. Antes que líder de uno de los más poderosos imperios del mundo, parece un espía de la Corona en cínica misión.

Cuando su pueblo indignado se subleva contra los españoles, Moctezuma sube a la tribuna y trata de calmar la turba con un discurso incoherente que es respondido con una lluvia de piedras y flechas. Resulta gravemente herido y muere poco después. Sólo en estos, sus últimos días, recobró la dignidad. Como si compren­diera de pronto su abyección, se negó a recibir alimentos y medicinas hasta el fin, ocurrido el 28 de junio de 1520.

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