La justicia no es para todos

La justicia no es para todos

Clavitorial

Clavitorial

Da mucha piedra escuchar que alguien claramente culpable de un delito grave quede libre como si nada, especialmente cuando a personas mucho menos privilegiadas sí les cae la ley con toda, por faltas muchísimo menores. El escándalo más reciente: el caso de Fabio Andrés Salamanca, quien mató a dos ingenieras y dejó parapléjico a un taxista con su lujosa camioneta. Aunque iba conduciendo ebrio y al doble de la velocidad permitida, no espera el juicio en la cárcel sino en su casa porque una juez no lo considera un peligro. ¿Si hubiera sido cualquiera de nosotros? Seguro estaría compartiendo habitación con ocho sudorosos criminales, temiendo en las mañanas que el jabón se cayera en la ducha comunitaria. ¿Justicia? Claro, para los de ruana.

La misma sensación tuvimos con los estudiantes de Uniandes acusados por el caso Colmenares, o con la multa que la Drummond no ha pagado por derramar toneladas de carbón al mar, seguidos por un largo etcétera. Así no es fácil confiar en que el Estado haga su parte del trato: protegernos, a cambio de nuestros impuestos, del abuso de atracadores, guerrilleros, multinacionales codiciosas, políticos corruptos o un irresponsable en camioneta.

Tal vez por eso nos resultan tan atractivos los personajes que ofrecen justicia instantánea, como el Procurador que destituyó fulminantemente a un gobernador del Valle en malos pasos y a una senadora con amistades en el monte. Pero si algo hemos aprendido de la Historia es que cuando buscamos soluciones rápidas podemos olvidar que no siempre las cosas son lo que parecen. Ya les pasó a Alberto Jubiz Hazbún y otros cuatro hombres que pasaron más de tres años en la cárcel, injustamente acusados de haber matado a Galán; o a Sigifredo López, que resultó inocente después de que medio país opinaba que era culpable de complicidad en el secuestro y muerte de sus colegas diputados.

Hay que recordar que los jueces no tienen poderes mágicos que les permitan adivinar cuándo alguien ha hecho algo malo o si por el contrario ha sido injustamente acusado, como pasaba a cada rato en los tiempos de la Santa Inquisición. A lo máximo que podemos aspirar es que hagan su trabajo cuando se logre demostrar en un juicio que se actuó en contra de la ley. ¿Y qué podemos hacer para que tengamos buenas leyes? Podemos empezar por elegir mejor a quienes las hacen, que son nada menos que los congresistas. No es tarea fácil. Exige ignorar el asco que producen algunos de ellos, estar pendientes de lo que hacen antes y después de ir a legislar (proyectos como “Congreso Visible” o “La Silla Vacía” ya hacen la mayor parte del trabajo) e involucrarse activamente para que sólo los mejores tengan la oportunidad de definir el código fuente del sistema operativo con el que intentamos que se haga justicia.

Comments

comments