La mirada del otro

La mirada del otro

american_pailasLa distancia en la que han puesto algunos críticos

elementos sensibles del arte, han vuelto ininteligible lo “artístico”.
Lo han llevado sólo a algunas sectas iniciadas a la comprensión
y acercamiento de una obra de teatro, una pintura o un performance,
alejando notablemente al ciudadano común de las galerías
y las salas de teatro.

Al mismo tiempo, el cine ha sido considerado por
muchos algo más que mero divertimento, una diversión
de viernes con palomitas y gaseosa. Una cosa es discutir de una
película con gran despliegue filosófico luego de
salir de un múltiplex con la pareja que queremos descrestar,
pero otra muy distinta es hacerlo a través de un medio
de comunicación. Por muchas horas de televisión
al día creemos que podemos “criticar” una película
con total conocimiento de causa.

El crítico de arte y el de cine tienen una
función dentro de la sociedad que lo enmarca, lo permite
y en cierta forma lo solicita. Esa es la gran diferencia. La crítica
cumple una función formadora, trasciende las barreras de
lectura de una película, busca referentes históricos
y culturales, lee entre líneas y descubre la naturaleza
del autor. El crítico es el médium que permite la
comunicación entre un cineasta y un cinéfilo, entre
un autor y su público; el crítico de cine descubre
los valores de una sociedad representada en una imagen y busca
expresar esa sociedad a través de sus palabras.

Muchos dirán que el cine es sólo
para divertirse y que para esto no se necesitan palabras enmarañadas.
Pues bien, el cine como herramienta de diversión también
es un aparato de manipulación, de alienación, de
influencia en comportamientos sociales y éticos que deben
ser analizados y presentados. Esto sucede incluso con películas
de “medio pelo” como American Pie, que promueve ciertos
comportamientos que están lejanos a nuestra aceptación
cultural y que poco a poco van permeando los elementos de identidad
hasta generar el deseo de comprar el BMW de James Bond o los muñecos
de Shrek. Si se va a consumir basura que sea de una manera consciente.
El crítico toma posición y trata que su público
genere análisis o que al menos tome decisiones sensatas
cuando se dirige al cine.

El medio de comunicación de confianza hace
la diferencia. Decidir buscar en la prensa local, en la revista
estudiantil o en la publicación especializada puede marcar
grandes contrastes en la crítica y en la seriedad de sus
principios. Es claro que cada publicación tiene su público
objetivo. No se puede esperar el mismo lenguaje y el mismo análisis
de la revista especializada a la encontrada en la prensa local.

La crítica colombiana ha tenido algunos
excelentes ejemplos. Expertos con preparación en cine,
literatura, filosofía que han enriquecido la crítica
cinematográfica nacional. Uno de ellos es la experiencia
del Padre Luís Alberto Álvarez con Kinetoscopio
en Medellín, una muestra de crítica sensible, con
criterios cinematográficos serios y sinceros, con lenguaje
claro y profundo.

Sin embargo, es triste ver que a algunos críticos,
que publican sus artículos en los periódicos y salen
en la televisión haciendo apostolado sobre cine, específicamente
sobre cine gringo, son “comprados” con viajes al estreno
para Latinoamérica en Miami de cualquier lata, pagando
sus pasajes y estadías, permitiendo entrevistar a Brad
Pitt y quién sabe que más cosas. La industria de
Hollywood impone a los países cuotas del 85% de filmaciones
norteamericanas en las carteleras nacionales, presiona a los distribuidores
y proyeccionistas nacionales a llevar a las pantallas las películas
de millones de dólares sin importar su calidad. Y por supuesto,
a los críticos de cine.

Lo cierto es que a estos críticos les compran
su poca conciencia y son capaces de salir en televisión
diciendo que Hulk es “una buena película”,
como al parecer sucede con Alberto Duque López. Esos mercenarios
de la conciencia cinematográfica deberían jugar
limpio con sus lectores y ser íntegros en su ética
periodística, si es que eso existe. Un caso famoso es el
del antiguo crítico de cine del The New York Times que
nunca recibió los boletos gratis que le mandaban las productoras.
Este hombre siempre pagaba su boleta de entrada como cualquier
parroquiano con el fin de adquirir libertad moral para hablar
de una película que podía ver sin prejuicio y sin
la conciencia vendida. Los lectores lo mínimo que esperamos
de un crítico es que sea honesto con su público.

Estos críticos de “cartel vendido”
poco podrán opinar y mucho menos ser tomados en serio cuando
tratan de considerar otras experiencias cinematográficas
de valor artístico como cine de periferia, iraní,
yugoslavo, chicano, entre otros. Son, en definitiva, culpables
del alejamiento del público de este tipo de cine, supuestamente
“aburrido” del que tan cerca estamos cultural y espiritualmente.

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