La música de mercachifles


Vivimos rodeados de ella. Es un rutinario encuentro con la porquería. Para casi todos esta situación es algo habitual. Está presente en las rumbas que dicen ser “la gran party” y no son más que la aburrida repetición de siempre de los conciertos a los que acuden muchos diciendo que son distintos, que es una verdadera expresión; esos que creen oponerse a la prostitución de la música y sólo son otra congregación de masas igual a todas. La basura la descubrimos en lo que escuchamos todos los días.

Constantemente buscamos la música, la hacemos parte de nosotros. En nuestra disposición y actitud de percibir, de escuchar, está presente el deseo de encontrar una composición que nos transporte. Pero en muchos casos terminamos descubriendo un ruido insoportable, un modelo multiplicado, una producción en serie con leves cambios del mismo sonido molesto, incómodo no por el sonido en sí (en algunos pocos casos) sino por la falta de creatividad, por la desvergonzada repetición.

Desde hace tiempo hemos presenciado cómo en ese afán de mercadeo, nos quieren vender en todo lugar esa basura que se desvela en la música: emisoras disfrazadas de tropicales y sólo se oyen canciones malas. Ahora se escucha más a Daddy Yankee que a Gilberto Santa Rosa; cada vez más reggaeton y en consecuencia menos calidad; o canales de videos presentando “nuevo rock”, esa musiquita para quienes creen que cualquier banda nueva es mejor que grupos como U2, Led Zeppelin o Kraken, pero cuya importancia, en lo que a una propuesta musical creativa se refiere, no es comparable a la de las segundas. Nos venden esa música de moda que casi siempre es carente de estética, la que no puede faltar en esa trivialidad ridícula que son algunas reuniones sociales, la que a muchos siempre les termina gustando, la música con la que a costa nuestra otros se quieren enriquecer.

Composiciones en las que no se encuentra capacidad de renovación, ni nada inteligente para proponer, y menos compromiso estético. “Artistas” que sucumbieron a cualquier moda para mantenerse en el mercado, dejando su intención de crear su interpretación de la existencia. Que fueron superados enormemente por el interés en una ganancia, empleando como ardid esa mentira de que siempre una venta es sinónimo de calidad, siendo sólo la banalización del arte para hacerse famoso. No digo que estos músicos deban vivir de forma precaria, sino que la codicia de vender algo no esté por encima de la creatividad y el talento.

En el romanticismo opinaban que el artista podía crear su propia realidad igual que Dios al mundo, que podían desaparecer las fronteras entre sueño y realidad. Afortunadamente esto no es verdad, no sea que con esas supuestas estrellas de la música con sus composiciones insulsas, terminen creando un mundo de basura, uno con más de la que sobra y se ve cada día en nuestras calles.

Comments

comments