La oportunidad de un prejuicio

La oportunidad de un prejuicio

Ilustración de Darío Bolívar

Ilustración de Darío Bolívar

De la autocompasión y otros pesares

 

Los prejuicios son carencias de confianza. En muchas ocasiones el miedo a comenzar un proyecto nos hace pensar que no podemos. Por una u otra causa el prejuicio típico del colombiano es: “no soy capaz” o “pobrecito yo”.

Los prejuicios hacen parte de nuestras vidas y a la vez son cuestión de mentalidad. Tenemos un pie más largo que el otro, la naturalidad de nuestra belleza no es tan agradable como la de Narciso y, a lo mejor, en nuestro cuerpo se hace visible alguna patología. Por una u otra razón el efecto es el mismo: el colombiano típico no se atreve o no se arriesga por temor a “pobrecito yo”.

Pobrecito Beethoven que tuvo sordera progresiva y una enfermedad hepática fatal. Aunque fue un niño introvertido, tímido y retraído, puso sus limitaciones a favor del arte: se atrevió a ser diferente, a vencer los prejuicios que giraban en su entorno para no dejar morir la figura que sería más adelante, un genio de la música clásica. Con sinfonías, sonatas para piano, coberturas, opera, música vocal y cuartetos ha deleitado a varias generaciones.

Parece que me estuviera regañando un Pastor de la iglesia o incluso mi mamá. Y es que si de prejuicios hablamos, creo que soy uno de los que más le ha costado aceptarlos. ¡Qué pereza cuando me dicen!: “No hay vacantes para usted”; “Está sobre calificado”; “Señor Óscar, estudie para obtener el empleo más adelante”.

En el caso de mi familia hay que referirse obligatoriamente a la “cucha” cuando decía: “vea mijo, vístase bien no se ponga los pantalones abajo que parece un gamín, péinese que a la iglesia tiene que ir bien donoso, fajado, camisa por dentro del pantalón, suénese esos mocos. Y no se le olvide llevar la Biblia, no le dé pena cargar la palabra de Dios”. Con esta frase terminaba mi adorada madrecita: “Osquítar hay que aparentar que aunque somos pobres estamos limpios y vestimos decentemente”.

Yo era flaquito, los pantalones de evangélico no moldeaban mi silueta de gato empinado. En cambio, si usaba un Jeans disimulaba mi físico y con una sonrisa introvertida o una desaparición en mitad del culto me hacía menos visible.

Tenía prejuicios que no me hacían sentir bien, usar ropa de evangélico o tener la Biblia debajo del brazo me avergonzaba delante de mis amigos. Decidí que, como mi físico no era el de Brad Pitt y mis amigos no me daban de comer por cargar o no la Biblia, podía usar ropa de evangélico y llevar la Biblia por convicción propia. No es imposición de la religiosidad, creo que puedo hacer muchas cosas con el libro que tengo en la mano, tengo la oportunidad de compartir lo que he aprendido.

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