La Profecía Burgundy: El negro futuro de la información

La Profecía Burgundy: El negro futuro de la información

LA PROFECÍA BURGUNDY

El periodismo actual está enfermo. Padece un agudo cuadro de fiebre amarillista. Una baja en las defensas éticas profesionales y una diarrea verbal severa. Está comatoso y respirando con “ventiladores” artificiales. No se va a morir, eso sí. Está mutando, cumpliendo la profecía Burgundy.

¿Qué pasa cuándo se tiene que decidir entre en lo que es correcto y los fríjoles, entre mostrar o complacer,  entre informar o vender? Este es el panorama coqueto del ejercicio periodístico actual ¡Claro que un periodista puede elegir! (faltaría más, en un paraíso democrático y libre como Colombia) entre su libertad de contar, de denunciar, de informar con vehemencia y la libertad comercial del medio para el que trabaja. El truco consiste en ser consecuente sin patear la lonchera. Utopía que llaman.

Periodistas íntegros hay, son escasos y son la esperanza de ese oficio que aunque se resiste a mutar, las reglas del juego mercantil lo obligan a ser una prostituta. Son héroes y mártires. Son personajes que habitan medios pequeños, blogs, emisoras web, portales independientes y páginas de redes sociales. Hay excepciones a la regla desde luego y persisten algunos rebeldes que con su carrera se han labrado algún prestigio del cual algún medio masivo malicioso deba aferrarse para no presentarse tan fatuo y mezquino.  El periodista del medio masivo está sentenciado a un proceder Burgundiano: a ser esclavo de la audiencia.

Hagamos un ejercicio de observancia ciudadana. Fijémonos en los titulares de los noticieros de los canales privados por ejemplo. Evaluemos su tono, el lenguaje, el modo de presentación, el carácter de las piezas informativas y la sevicia del periodista que está dando la exclusiva. La condena Burgundiana ha convertido al ejercicio informativo en un nuevo arte de entretenimiento, en un “regular show” macondiano y porno miserable.

¿Usted se imagina estudiar 10 semestres de periodismo, donde se examinan historia, fotografía, lenguaje, sociología, la comunicación misma y la política para terminar reportando choques, riñas y rascas en las madrugadas de las ciudades principales? ¿O que ese mismo profesional vea cómo el noticiero le dice “periodista” a cualquier fulano que con celular en mano decide hacer una nota? ¿Cómo se sentirá el periodista que tiene que encontrar las historias más sórdidas, porque esas son las que venden, para que el cheque de cada mes no se le embolate?

El periodismo romántico, ese que buscaba la verdad como única opción, que comprobaba fuentes, que era insobornable, que no simpatizaba con partidos, un periodismo duélale a quien le duela, está y lo están desapareciendo.

La profecía Burgundy sentencia el perfil del periodista: debe ser carismático, poseer un arsenal de frases para que el público recuerde sus intervenciones, debe parecer preocupado por lo que transmite, es decir, aparentar que tiene sentimientos. Debe tener límites éticos muy bajos. Debe ser amigo de políticos y empresarios. Debe aparecer como un defensor de la libertad de expresión, aun sabiendo que tal libertad es una farsa. Debe ser capaz de polarizar con el manejo de su discurso a la audiencia. Debe trabajar para una cadena privada masiva (o sino que chiste) presentando o dirigiendo un noticiero. Debe tener como mínimo a una veintena de jefes de seguridad de locales comerciales trabajando para él y para que el show, el suyo, el de la cadena,  pueda continuar.

 

Autor: Leonardo Arias

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