La soledad de la ciudad

La soledad de la ciudad

Para muchos la ciudad aparece como un mero lugar donde tienen parte sucesos de su vida. Allí nacieron o allí viven, o estudian, o trabajan, o se enamoran, o se resguardan de la guerra, o tienen una familia, o todas, o ninguna.

soledadLa ciudad se nos presenta a primera vista como un lugar abstracto que existe fuera de nosotros: unas calles, unos edificios, unos lugares de referencias comerciales e industriales y unas cuantas tradiciones culturales. Pero cuando se sale de la ciudad se da uno cuenta que es al contrario. Que consigo va un acento de la región, un paladar que extraña ciertos gustos, un oído sensible a cierto tipo de música y toda una representación del mundo a partir del que allí conocimos.

Aunque nuestros contactos físicos en la ciudad son cercanos, nuestros contactos sociales son distantes. Se vive a la luz pública, pero en el completo anonimato.
Es que la ciudad es una forma de vida, una manera de aprender a relacionarse entre seres que habitamos un espacio común. Por eso, donde vayamos, la ciudad irá con nosotros. El poeta Cavafis le decía en sus versos 1 a los viajantes: “Ni nuevas tierras hallarás/ ni hallarás nuevos mares / La ciudad te perseguirá / Y rodarás por estas mismas calles / Y a estos mismos barrios has de envejecer / y a encanecer en estas mismas casas / Siempre abocarás a esta ciudad”.La ciudad, pues, es un conjunto de relaciones urbanas en las que copiamos e improvisamos nuestras vidas, pero de una forma particular. La diferenciación creciente entre los sujetos que habitan la urbe y su especialización en diversas formas del trabajo señala su distanciamiento. Aunque nuestros contactos físicos en la ciudad son cercanos, nuestros contactos sociales son distantes. Se vive a la luz pública, pero en el completo anonimato. Estamos cerca los unos de los otros, pero los abismos sociales que nos separan son gigantescos. Nos cuesta mucho saludar con un “buenos días” o “buenas tardes” a alguien extraño: al chofer del bus, a la señora de la cartera o al señor que vende dulces en la esquina. No porque seamos o no corteses, sino porque no vemos en ellos un referente de identidad. Los desconocemos y preferimos seguirlo haciendo. Nuestras relaciones en la ciudad se vuelven superficiales, transitorias y segmentadas. Dentro de cada uno empiezan a crecer grandes espacios reservados a la intimidad. Cada vez más la soledad se convierte en nuestra mejor compañera. Entre más crece la ciudad, más crece la soledad de sus habitantes.

La ciudad tiene un significado dentro de cada quien. La imagen de una calle solitaria se convierte en la metáfora de nuestro aislamiento. El concreto de las enormes edificaciones constituye nuestro trato con los demás. El modo de vida urbano determina individuos quebrantables que se enfrentan a sí mismos y a veces se destruyen. La desesperanza, el desconcierto, la desazón, la incertidumbre, hasta llegar a la locura y al suicidio se presentan como rasgos firmes en la vida de la ciudad moderna. Una ciudad que se siente sola.

Sin embargo, en la mitad de la oscuridad amanece y cada día nos levantamos para seguir inventando la ciudad, la seguimos soñando. Algunos seguimos pensando en una ciudad ideal donde quepamos todos sin tanta exclusión y donde los lazos comunicativos sean una necesidad antes que una excusa, para quizás amenguar un toque esta soledad, una vaina que tanta falta nos hace en nuestra cotidianidad. Porque, devuelta a Cavafis: “¿Ir a otra parte? / No lo esperes / Ya no hay barco ni ruta para ti / Al destruir tu vida en este rincón mínimo / para toda la tierra la arruinaste”.

1 Cavafis, Constantino Petros. Antología Poética. Alianza Editorial. España. 2000. P. 39.

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