La trampa de la vida

La trampa de la vida

Julio César Londoño

Todos los días llegan mails que nos restregan las maravillas de la vida: los pájaros, las estrellas, la sonrisa de un amigo. Los autores de superación nos recuerdan que basta ser positivos, y El secreto , la pnl y la cienciología nos regalan el abracadabra de la fortuna: pega la palabra ÉXITO en la nevera y a los tres días tendrás la sonrisa, el billete y las hembritas de Tom Cruise. Todas estas linduras tienen sólo un problema, la realidad, una aguafiestas que no come de ninguna, ni de autoestima ni de energía ni de neurolinguística. Por el contrario, nos enreda la vida cada que nos da por ser positivos, ecólogos, solidarios o neurolinguísticos: románticos, en suma.

Por ejemplo, conoces una mujer bella, inteligente y no muy pobre, te dices, ésta es, bajas la guardia, te enamoras y al día siguiente descubres que arrastra n+7 problemas y un niño insoportable que se burla de tu ropa o de tus dientes; o no tiene niños pero sueña con “la parejita”, su hermano “sopla” en forma y su padre está muy enfermo y la eps no quiere aflojar la plata. El sueldo de la bella no le permite alimentar bien su autoestima, se vuelve insegura y empieza a joderte la vida; o gana mucho y empieza a mirarte con esa mezcla de desprecio y conmiseración con que tú miras a los descamisados de los semáforos.

Puedes evitarte todo esto, claro, puedes tragar grueso y dejarla ir. Agua que no has de beber, déjala correr. Y puedes dejar correr también los muchachos, la zoofilia, las páginas XXX y las cinco hijas del Capitán Muñecas pero entonces experimentas una sensación de felicidad tan insoportable que la confundes con la desdicha, una culpabilidad que ningún judeo-cristiano puede resistir porque está diseñado para el dolor, y vuelves donde la bella.

Como si fuera poco, alguien te habla de calentamiento global, desplazados y corrupción, de caballos de tiro y toros de lidia, del olvido en que tiene el Estado a la cultura, de los niños abandonados y tú, claro, te indignas, hay que hacer algo, dónde le firmo, y al otro día estás haciendo arte en un mundo que no compra sino artesanías, entretenimiento, telenovelas y refritos hollywoodenses, o enfrentado con los millones de ricos que avientan a la atmósfera toneladas de CO 2 o con los millardos de campesinos que echan sus heces al río o con las multinacionales que miran tu oenegecita como a una caca de perro en el andén o con un sicario de machete porque el senador decidió que no ameritabas la contratación de un pistolero. Pero no, al final ni siquiera te matan con armas blancas ni negras, te dejan ahí, bostezando en medio de unas reuniones eternas donde un grupo de místicos echan discursos largos y malos.

Claro, puedes dejarle a Dios o al Estado el cuidado del arte, los ríos, los niños y los desplazados, y dedicarte a lo único cierto e inmutable, al único mito que sobrevive a los embates de la modernidad, el oro. El problema es que hay tanta gente dedicada al tema que la rebatiña es dura y tendrás que pararte encima de los niños y los viejitos para apañar tu parte, y echarle más porquerías al río y comprobar en carne propia que es imposible amasar una gran fortuna sin volver harina a los demás, pero con un poco de suerte lograrás agenciarte al cabo de unos años un capitalito… que no te lo dejará disfrutar tu conciencia, si todavía la conservas, o una señora aún linda quien te recordará que por hacer plata ya llevan cinco años sin ir de vacaciones y que los niños apenas te reconocen, y cuando decidas recordar viejos tiempos con tus amigos no lograrás entender sus conversaciones, donde abundan los títulos de libros y de películas que tú no viste porque estabas en lo tuyo, mazamorriando oro como negro para vivir apenas como trigueño.

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