La vida en carnaval

La vida en carnaval

Foto: Mónica Medina - RANDOM HOUSE

Foto: Mónica Medina - RANDOM HOUSE

Un viejo chiste señala que en Barranquilla —960 kilómetros al norte de Bogotá— no hay prestigio que dure setenta y dos horas.

Tú llegas y el primer día te brindan sancocho” , ha dicho el escritor Gabriel García Márquez. “Al segundo día te ponen apodo y al tercero te calumnian”.

Barranquilla es la cuarta ciudad más importante de Colombia y está ubicada frente al Mar Caribe. Pese a tener cerca de un millón y medio de habitantes, conserva ciertas costumbres de pueblo pequeño, como, por ejemplo, hablar mal del prójimo en las esquinas y tertuliar de terraza a terraza con los vecinos del barrio.

Barranquilla es conocida en el resto del país por la vitalidad de su lenguaje oral, que es casi una fiesta. Esa característica se refleja muy bien en el vasto repertorio de piropos que tienen los hombres para cortejar a las muchachas en las calles. Por ejemplo: “adiós, mamacita: ¡por ti sería capaz de trabajar!” , o “tú con tanta curva y yo sin frenos” . Cuando la mujer es una de esas que bambolean las caderas de manera exagerada, la frase es más picante: “mi amor: no muevas tanto la cuna, que me despiertas el niño” .

Un piropo del estilo de “tus ojos son los más bellos del mundo” no gusta en Barranquilla, porque contiene una cursilería ajena al espíritu bromista de la ciudad. Hasta la mujer más formal se moriría de aburrimiento si la galantearan de esa manera tan ridícula.

Dentro de las ocurrencias callejeras hay, aparte de los piropos, todo un arsenal de frases irreverentes para mofarse de los defectos ajenos: al muy flaco le dicen que de frente parece de perfil y de perfil no se ve. Al muy gordo le dicen que tiene mucha manteca para dos huevos. Al calvo le preguntan que para dónde va con esa mortadela en la cabeza. A la fea le aconsejan que se mude para el sector más costoso de la ciudad, “ para ver si se la come el arriendo ” .

Dicho en buen romance, en Barranquilla no respetan a nadie. No es raro, entonces, que en una ciudad así el evento más importante sea el carnaval, que se celebra todos los años en el mes de febrero.

Carnavales hay en todo el país, pero el de Barranquilla es, de lejos, el más importante, porque refleja de manera fiel el modo de ser de la gente. Allí no se trata de escaparse de la realidad sino de interpretarla y, sobre todo, de expresar lo que se es.

Barranquilla no es una antes del carnaval y otra después, no. Es siempre la misma: jocosa, explosiva, llena de colores. Mirta Buelvas, una investigadora académica, lo dice de manera contundente: “la celebración dura cuatro días pero el carnaval dura todo el año y, si me apuran, todo el siglo”. Porque el carnaval, definitivamente, está más allá de la fiesta, de su puesta en escena, y hunde sus raíces en la identidad cultural.

Cada año, durante cuatro días, Barranquilla es el escenario natural de una descomunal comedia al aire libre, en la cual la gente aprovecha la fiesta para censurar, mediante disfraces ingeniosos, al político ladrón, al gobernante inepto, al mal vecino.

Los bailes y comparsas son coloridos y alusivos, en gran parte, al río Magdalena que baña a la ciudad. Muchos de ellos homenajean a las tres etnias básicas del mestizaje en el caribe colombiano: la negra, representada en la percusión, la indígena, representada en rituales antiguos y la europea, representada por las coplas del Romancero de Castilla.

A Barranquilla tardaron en llegar los guerrilleros y los paramilitares, justamente porque estos dos grupos violentos —que son tan ‘seriotes’— no tienen muchas garantías de prosperar en medio de semejante relajo colectivo. “Los diálogos de paz entre el gobierno y la insurgencia deberían hacerse en Barranquilla, el sábado de carnaval”, señala el folclorista Wingston Valle. “Puedes jurar que así estaríamos más cerca de la paz, porque reemplazaríamos la locura de la guerra con la locura de la vida”.

Comments

comments