Las máquinas del sexo

Las máquinas del sexo

Foto: Beatrice Aguirre - EL CLAVO

Los estimulantes sexuales me parecen redundantes porque el sexo es el mejor estimulante. Es como si nos dijeran “tómese estas goti-cas, mijo, para que le apetezca un ‘pase’”. Sin embargo, la mente humana insiste en la creación de estos ingenios. Incluso hay quienes piensan que todo, los poemas, las sedas, las lociones, la arquitectu-ra, los sistemas filosóficos y las batallas se hacen por amor, para ellas, por ellas, para conquistar el mundo y ponerlo a sus pies.
Aún si nos limitamos a los inventos específicos, la lista es infi-nita. Por eso reseñaré apenas los más populares.
El primer Viagra conocido lo inventó el Marqués de Sade (s. XVIII) triturando la caparazón de un escarabajo que contenía un po-deroso vasodilatador, y mezclándola con albahaca, belladona y al-mizcle de nutria. Luego empapaba con esta sustancia unos bombo-nes que les regalaba a sus amigos y a ciertas damas reticentes. Pa-ra muchos el Viagra es una bendición, pero otros lo consideran chimbo porque en la casa no funciona y en la calle no se necesita.
En Barbarella, un viejo film de ciencia ficción, cogen a Jane Fonda, espléndida en la tersura de sus 20 años, la desnudan, la atan y la torturan con un piano cuyos martinetes están revestidos de pie-les que le recorren el cuello, las orejas, la espalda, las tetas, las nal-gas, la entrepierna, los pies y otra vez toda, poro a poro, presa a presa, como si fueran los cien dedos de un pianista esmerado y vir-tuoso. Cuando la señorita Fonda no puede más, cuando está a mil y pide clavo por amor a Dios, la máquina se apaga displicente.
Las bolas chinas son una suerte de camándula pagana, un collar abierto que se introduce por la vagina o el asterisco dejando afuera una piolita como la de los tampones. La extracción de las bo-las, me asegura una señora conversa, produce un placer indescripti-ble.
Wilhelm Reich (1897-1957), padre de la Antisiquiatría, defen-sor de la paja y ponente de una ley para la construcción de moteles para estudiantes, descubrió que la libido, los instintos y la creatividad eran apenas manifestaciones particulares de una fuerza general, la Energía Orgónica. Aseguraba tener un condensador, la “caja orgóni-ca”, una especie de cabina hiperbárica capaz de potenciar esta energía y curarlo todo, desde el cáncer hasta la impotencia. Por desgracia, una turba puritana quemó la casa del sabio, con caja y todo.
Algunos moteles ofrecen “la máquina del amor”. Parece una bicicleta arácnida, una escultura posmoderna, algo apto para cual-quier cosa excepto para tirar. Sorpresivamente, la cosa funciona. Sea cual sea la posición, flexión, succión o crucifixión que usted em-prenda, la máquina responde gracias a un diseño genial que se adapta a todas las perversiones imaginables. Si en el frenesí del me-tisaca usted necesita trepar una pierna, doblar una presa, chupar otra, apoyar una rodilla o asirse de algo, tenga la seguridad de que encontrará allí, en el punto justo, el apoyo que sus urgencias preci-san.
Los ungüentos y las cremas son el viagra femenino. Se usan desde la antigüedad —aparecen ya en el Cantar de los cantares— pero los expertos nos aconsejan lubricarlas (espantosa palabra ¿no?) con aceites balsámicos porque las cremas son sustancias demasiado frías.
Las muñecas plásticas japonesas son divinas y tienen orificios contráctiles revestidos de mucosas cálidas y encoñadoras. La estre-lla de la colección es la “Lewinsky”, un modelo que cuesta US$25.000 porque está dotado de una boca prodigiosa capaz de efectuar 124 movimientos diferentes que le permiten hacer bellezas y decir porquerías en siete lenguas.
Los consoladores son más viejos que la prostitución, tienen vena y todo, son incansables y vibrantes, vienen en dos colores, ne-gro y rosado, y tres tamaños: señoritero, medium y mondá.
Aunque yo creo que el ser humano seguirá buscando la má-quina última, el afrodisíaco infalible, el abracadabra del paraíso, mi mamá está convencida de que ya está inventada, que la llevamos dentro y es una cosa vieja pero sexy, la imaginación.

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