Las preguntas que no saben el Rebelde

La educación se está quedando más corta que las faldas de la novela

Viendo Rebelde en un centro comercial hubo dos cosas que me llamaron la atención. La primera, es que por fin entendí por qué incluso los tipos se despelotan por ver semejante culebrón: a mí también me hubiera encantado que mis compañeras de colegio hubieran estado así de buenas, y que su uniforme fuera una minifalda así de corta. La segunda, es que a pesar de que vi varios episodios, ninguna de las tragedias o aventuras inverosímiles de los personajes tenían que ver con el pequeño detalle de que se la pasan todo el día en el colegio, como si lo que enseñaran allá tuviera un impacto completamente nulo en su vida cotidiana.

¿Para qué se supone entonces que debería servirnos lo que aprendemos? Yo creo que para resolver nuestras inquietudes inmediatas antes que prepararnos para un improbable futuro. Bacano saber de Filosofía, pero es letra muerta si no me ayuda a darle perspectiva a las crisis existenciales de la adolescencia, o chévere saber de Historia pero perfectamente puedo olvidarla después del ICFES si no me dan risa chistes como el que dice que Uribe es “el mejor presidente que ha tenido Colombia en toda su historia” **. Las universidades se volcaron a satisfacer el único indicador que les hace temblar el bolsillo, los resultados de sus estudiantes en el ECAES, y parecen olvidar que por ser jóvenes vemos la realidad un poquito más “como es” que como era cuando quienes nos educan se formaron su visión del mundo, por lo que necesitamos herramientas, no letra muerta.

Lo que vi en Rebelde puede ser un indicio aislado de que la educación no sirve, pero cada vez ‘me late’ más que el sistema educativo nos da demasiada teoría (“qué”) y capacitación (“cómo”), sin entusiasmo por formarnos para buscar por nosotros mismos respuestas a las preguntas que debería hacerse todo ciudadano responsable: “por qué” y “para beneficio de quién”.

(**) Efectivamente, el general Rojas Pinilla tuvo en su momento índices de favorabilidad todavía más altos que Álvaro Uribe; su satanización vino después de que salió del poder.

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