Las zonas oscuras

Las zonas oscuras

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Los reductos de espacio y poder en donde el Estado fracasó

En la mayoría de los colombianos existe una percepción que lleva a dudar de la autoridad o la existencia del Estado en algún momento, quizás por lo vivido, lo conocido o escuchado; desde siempre hemos entendido que el Estado ostenta una autoridad parcial, territorial y políticamente en algunas zonas del país. La colonización de los territorios por grupos armados de diferente índole y por los carteles del narcotráfico ha evidenciado la insuficiencia del Estado para hacer presencia en determinados lugares[1]. Lo evidente no es discutible, sin decir con ello que deje de ser preocupante, ahora bien, lo sucedido en Bogotá con la intervención del Bronx no es un dilema aislado ni un debate menor, es la evidencia de la existencia de zonas oscuras aceptadas en la cotidianidad ciudadana y estatal que operan como epicentro de la delincuencia organizada, acompañada de asuntos tan serios como las redes de microtráfico, prostitución, trata de personas, secuestro, explotación de menores de edad y lo que se imaginen, aunado por un problema de salud pública con la población habitante de la calle, y que a diferencia de la ausencia del Estado en zonas lejanas o rurales, tiene asiento al interior de las ciudades.

Esto nos lleva a comprender que en Colombia existen unas zonas lejanas de algún tipo de control por parte del Estado, en el que la presencia del mismo es precaria, insuficiente y en algunos casos inexistente, son zonas oscuras en las que se han creado Estados paralelos reguladores del orden social; piénsese el Bronx y sus normas, lo permitido, lo prohibido, quienes entraban y quienes salían, hasta donde y a hacer determinada labor o a consumir, con los ahora famosos sayayines y las bandas delincuenciales como autoridad, tejiendo sus redes desde el interior del que ahora denominan infierno.

Pero no deben ser selectivos los medios, este es un problema de antaño, al que no le han querido prestar la atención que merece. Las zonas oscuras están presentes en cada ciudad y municipio del país, y desde los lugares más pequeños hasta Bogotá existen zonas ausentes de Estado, en las que la anomia reina. Una iglesia, un parque, la estación de policía, el colegio y la zona oscura es la estructura mínima de cualquier población en Colombia, así crece proporcionalmente con la cantidad de habitantes, la expresión máxima se percibe en la capital.

El mundo y Colombia se han tardado demasiado para entender que la política antidrogas no ha funcionado, mientras haya prohibición, la rentabilidad es inverosímil. Se estima que en el Bronx se movían alrededor de 70 millones de pesos diarios y 150 millones los fines de semana[2], dinero que no quedará en el aire y que seguirá circulando mientras se reorganicen las estructuras delictivas. Las raíces del problema están intactas, es loable la intervención policial pero insuficiente, los capturados tendrán reemplazos pronto, las victimas merecían ser rescatadas, los enfermos por la drogadicción deben ser atendidos, quienes se rehabiliten tendrán una nueva oportunidad, y quienes no, llegarán a las nuevas zonas. Las medidas necesarias deben ser integrales, desintegrar las estructuras ilegales, recepcionar a las víctimas y brindarles oportunidades a los enfermos, aplicar las políticas sociales y responder con una institucionalidad fuerte, como paliativo, para una problemática que nos seguirá mostrando lo peor del ser humano y la debilidad de un Estado cómplice, ausente e insuficiente.

 

[1] Léase al respecto sobre La presencia diferenciada del Estado de Fernán González.
[2] http://www.rcnradio.com/locales/bogota/inicio-del-final-del-bronx-director-cti/

 

 

Autor: Luis Gabriel Rodríguez de la Rosa
Twitter: @Lgrdelarosa
luis gabriel

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