Legalización

Legalización

Catalina Ruiz Navarro

Catalina Ruiz Navarro

Uruguay está a punto de tener el primer mercado de marihuana del mundo con control nacional. Hace rato que el país legalizó el consumo de marihuana, y eso ya lo convertía en un país bastante progresista. Esta nueva medida, a punto de aprobarse en el Congreso, dejará al pequeño país del sur a años luz de todas las naciones latinoamericanas.

El argumento más frecuente en pro de la legalización es que acaba con el comercio ilegal, y por lo tanto destruye al mercado negro y reduce los incentivos de violencia. Pero en Uruguay, la violencia derivada del tráfico ilegal es mínima. La población total del país es de 3,29 millones de habitantes, apenas supera en 200.000 habitantes al Valle del Cauca. Es el país Latinoamericano con mayor nivel de alfabetización. Aunque está catalogado como el más seguro de América Latina, los uruguayos tienen una alta percepción de inseguridad (incluso mayor que la de los habitantes de Bogotá o Medellín). Sus ciudadanos recuerdan en carne viva una dictadura reciente y los grafiteros insisten en rayar los muros con reiterativos “Ni perdón ni olvido”. Lo cierto es que la inseguridad sí ha aumentado ligeramente en los últimos años pero sigue siendo muy baja en comparación con países como Venezuela y Guatemala.

Así que otro argumento hizo mella: el de la salud. Lo que busca la medida en realidad es que, cuando el Gobierno monopoliza un mercado único, se crea una fuente invaluable de información sobre el producto, ¿cuánto existe? ¿De dónde viene? ¿Quién lo consume? A partir de esa información pueden diseñarse políticas públicas efectivas, basadas en datos y no en prejuicios. Uruguay ya tiene un historial exitoso en lo que a problemas de salud se refiere, y no solo por la legalización del aborto, que redujo el número de muertes por interrupción del embarazo a cero. En el 2006 el Estado innovó con una ley para regular el consumo de cigarrillo que prohíbe su consumo en lugares públicos, prohíbe la publicidad, ordena cubrir el 80% de la cajetilla con advertencias gráficas, aumenta los impuestos en un 70% y prohíbe palabras como light o suave. En solo 3 años, los consumidores pasaron del 32% al 25% de la población del país y los ataques al corazón se desplomaron en un 17%.

Lo peor de la guerra contra las drogas es que, al permanecer el mercado en la ilegalidad no puede hablarse estudiarse ni observarse. Por eso, aquí las drogas se combaten a la fuerza, envenenando campesinos con glifosato, erradicando más personas que matas. En países como Colombia y México se ha visto, con dolorosa claridad, que la violencia no está relacionada con las drogas en sí sino con la prohibición. Nosotros fuimos el terrible laboratorio que aclaró de una vez por todas que por la fuerza no es. Uruguay, es hoy el laboratorio social que nos dirá, por fin, qué efectos tiene el consumo de marihuana en una población y cómo reducir los daños. Si esta política se logra implementar con éxito será el experimento más revolucionario de las últimas décadas en materia de salud pública y drogas y desmentirá un prejuicio que ha dejado muchos muertos, probando, una vez más, que prohibir no soluciona nada y que para hacer buenas políticas públicas, hay que empezar por dejar de ser hipócritas.

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