Letras para sobrevivir

Letras para sobrevivir

 

El Congo es un país con una diversidad y riqueza cultural que da pie a la coexistencia de alrededor de 200 grupos étnicos y tribales.  Un territorio que cuenta con aproximadamente 700 lenguajes y dialectos, con el francés como idioma oficial y el que utiliza el gobierno.      

Un lugar con un suelo que no se cansa de producir recursos naturales:  oro, petróleo, diamantes, carbón y madera, entre otros.   

Ese país, que bien podría ser un paraíso, resulta una paradoja geográfica; una en la que un gran porcentaje de su población vive debajo de la línea de pobreza, y sobre la que siempre flotan los fantasmas de la guerra y terrorismo. Esto, sin tener en cuenta enfermedades mortales como la malaria, fiebre tifoidea y el cólera, que cobran varias muertes al año. Para completar, la corrupción, a mano de dictadores y políticos insensatos que han liderado por décadas, ha permeado todo tipo de instituciones.

¿Cómo vivir allá?, ¿cómo hacer para no enloquecer en un ambiente tan hostil?  ¿qué tal una buena dosis de letras?

En su crónica “Viaje al corazón de las tinieblas”, Vargas Llosa cuenta que hace unos años en Lwemba, un distrito popular de Kinshasa, cerca de treinta personas con la poesía como punto en común, entre los que se encontraban dramaturgos, periodistas y cuentistas, conformaron el grupo Les Poétes du Renouveau (Los Poetas de la Renovación). Este particular colectivo se reunía en una iglesia que contaba con una biblioteca, una imprenta y una pequeña sala que servía para dar recitales. Se dedicaban a publicar ediciones populares de poesía que vendían a bajo precio y que, a veces, regalaban.  Siempre buscaban aliviar a las personas con el bálsamo de las letras a través de recitales y conferencias literarias.

Debe ser que cuando las balas no dejan de llover, el río de la rabia no para de crecer, y el miedo no deja de oprimirnos, nada mejor que aferrarnos a unas cuantas letras.

Algo similar ocurre ahora en Afganistán, donde las editoriales han aumentando en los últimos tres años, a pesar de que solo dos de cada cinco adultos afganos saben leer.  

Según un artículo del NY Times, Jamshid Hashimi, dueño de una librería online y cofundador del club de lectura de Afganistán, considera que leer en un estado de guerra, “crea una pausa en la rutina diaria y aísla  a los lectores de sus entornos, mientras están inmersos en un libro”.  Hashimi cree que el acto de leer se convierte en un medio de supervivencia emocional.

 

Autor: Juan Manuel Rodríguez Bocanegra

@Vieleicht

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