Líbranos del bien

Líbranos del bien

Ilustración:Diana Delgado - EL CLAVO

Ilustración:Diana Delgado - EL CLAVO

Han demostrado las encuestas que en Colombia se lee cada día menos. Es un lugar común que mientras un colombiano se lee un promedio de 1,6 libros al año, en países como España se leen 17 libros el año. Lugar común o no, la lectura es un elemento fundamental del pensamiento crítico, una herramienta de concentración, un modo de viajar con la mente y de abrirse a nuevas perspectivas.

Pero si algo leen los colombianos, si algo rápidamente se vende como pandebono, son esas obras donde se recogen los chismes, las anécdotas, los secretos, las mentiras y las calumnias de nuestra clase más prospera: la delincuente. El ejemplo más notorio es la biografía de Carlos Castaño, libro que dejó en muchos la sensación de  un héroe enviado por la providencia para liberarnos de la pesadilla guerrillera, cosas del imaginario nacional, pequeñas ideas estúpidas en medio de la muerte.

Soy de los que cree que el escritor no tiene ninguna responsabilidad con su realidad social. Algunos se aterrarán de esta premisa, pero creo que la responsabilidad del escritor es con la expresión. Un escritor puede hablar de las estrellas, del mar, de la muerte, del amor, del miedo, del odio, de la soledad, de tantas cosas, pero su responsabilidad está en cómo expresa sus ideas, su valor reside en qué y cómo nos trae su pensamiento y su conocimiento.

Y aunque se sigue produciendo muchísima basura literaria, ejercicios de venta e industria, hay escritores que respetan su oficio, que ven a la escritura como un espacio de reflexión, de estudio, de viaje a través de nuestros sentidos. Llegó a mis manos uno de estos, Líbranos del bien, la última obra de Alonso Sánchez Baute, escritor que luego de contarnos sus atrevidas historias de libertinaje, soledad y éxtasis en medio de la noche y el sonido del electro, decide cambiar de tema e investigar por qué de su natal Valledupar nacen dos personajes tan similares como antagónicos: Jorge Cuarenta y Simón Trinidad.

Baute no cae en el simplismo de justificarnos los hechos, no niega la barbarie y la tristeza que dejaron a su paso, pero se acerca a ellos lentamente, como jugando con una cámara que va recorriendo la arquitectura, los decorados, la idiosincrasia de la sociedad vallenata, sus costumbres, su pensamiento, su geografía. El libro habla desde las voces de esos que los conocieron, de esos que los vieron en su más sana humanidad, escuchamos las historias de cuando fueron jóvenes disfrutando la vida bogotana, de cuando el guerrillero era banquero, de cuando el paramilitar enseñaba a los campesinos mejores formas de administrar sus negocios, de cuando eran personas del común y su línea de tiempo se fue entrecruzando con la de la violencia.

Líbranos del bien es un viaje por las tierras del Río Guatapurí, por esa ciudad ubicada junto a la Sierra Nevada de Santa Marta, tierra ancestral llena de magia donde el vallenato fluye como el viento, esa capital reconocida por su música, que con el tiempo se llenó de odios, de atropellos y de venganzas. Pero también es el regreso del escritor a una tierra que había dejado muchos años atrás, debido a los estigmas que causó su sexualidad en una sociedad conservadora y minada de prejuicios. En un capítulo increíble, Baute escribe: “Quiero saber algo, Josefina, y no lo pregunto para qué me contestes sino para que lo pienses… Quiero saber si en este pueblo se escandalizaron cuando se enteraron de que el Papa Tovar (Jorge Cuarenta) se había sumado a las filas paracas; si se escandalizaron cuando comenzaron a desaparecer personas sospechosas de izquierdosas; si se escandalizaron cuando se confirmaron las primeras limpiezas sociales a orillas del Guatapurí… Calla, no me contestes porque bien sé la respuesta: no, no y mil veces no. Ante tanta aberración hubo complicidad, así ahora la llamen miedo. Pero te pregunto algo más: ¿se escandalizaron cuando hice pública mi homosexualidad? La respuesta es ¡sí! Es, por supuesto, que sí, ¡Claro que sí!”.

Así que aunque de este libro no haya serie de televisión, no se venda en los semáforos, y pocos vayan a leerlo, esta es una interesante revisión de lo que somos y del origen de nuestros monstruos. Y fundamentalmente, como su nombre lo dice, es una forma de decirnos que son muchos los que por el sendero del bien han terminado convertidos en los verdugos del mal, es una forma de decirnos que no creamos siempre en esos empaques que hablan de traernos el bien a como dé lugar. Como dice Francisco de Quevedo: “muchas veces se pierden los hombres por el camino mismo por el que pensaban remediarse”.

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