Los Lópsons: Viviendo el fanatismo en carne propia

Los Lópsons: Viviendo el fanatismo en carne propia

Los Lópsons

Fui un fanático de Los Simpsons. Ahora simplemente me gustan. Amo eso sí sus episodios viejos, porque los nuevos me causan la sensación de que me están tratando como un tarado y la verdad para ser tratado como un tarado tengo la programación televisiva que es ampliamente diversa para ese fin.

Era realmente un fanático de la serie y me estoy refiriendo a aquella época de mi niñez en la que la televisión satelital no era omnipresente y en la que había que conformarse con una parabólica constituida por una estrecha gama de catorce canales, doce de ellos peruanos. La llamábamos la ‘perubólica’: Laura en América, Pataclaun, Rossy War, los noticieros con el ‘ampay’ de la semana, la cacería de productos ‘bamba’ y Los Simpsons. Pasaban un episodio semanal y dos los sábados después de las noticias.

Mi fanatismo no se limitaba a estar puntualmente frente al televisor esperando a ver las historias de la familia amarilla que ya me las sabía de memoria. Veía Simpsons en todo lo que me rodeaba. Por ejemplo cuando estaba en la escuela primaria mi mejor amigo era un nerd (especímenes de la década de los noventa marginados por llevar frenillos, lentes y por ser muy dedicados al estudio) quien tenía unas gafas gigantescas, de marco de pasta roja y lentes de fondo de botella y al que yo llamaba ‘Millhouse’, sí: como el amigo de Bart. Tristemente el apodo le duró más de lo que debía.

También estuve empeñado por un buen tiempo en la idea de que mi familia era homóloga a la familia amarilla. Mi papá era como Homero: de panza prominente, de un característico mal humor y un hilarante alcoholismo. Mi mamá era muy similar a Marge: de cabello crespo-crespo, con una abnegación por el hogar y un constante buen humor y tolerancia monacal. También lo era mi hermana, a la que identificaba siempre con Lisa aunque no encajara del todo con su perfil. Por último estaba mi hermanita menor que cuando llegó a nuestras vidas hizo que el cuadro simpsoniano quedara completo. Y por supuesto yo me figuraba como un Bart Simpson encarnado, con cauchera en el bolsillo, aunque con el sueño frustrado de andar en patineta.

Pero mi fanatismo a Los Simpson cambió un día. En una ocasión mi papá me dio cinco mil pesos, toda una fortuna, los cuales me gasté en unos huevos de dinosaurio de espuma que dizque crecían si uno los metía en agua. Fue un fiasco, claro está, y aquella inversión resultó ser otra mesada desperdiciada. Poco después salió este episodio de El Alma de Bart, en el que Bart gasta cinco dólares en un dinosaurio de espuma que supuestamente crecía al rociarlo con agua y con el que iba a pegarle un gran susto a Lisa, pero el cual termina siendo una completa estupidez porque el tal efecto mágico no sucede. Este incidente, más que alegrarme por la hermosa sincronía entre mi vida y la del pequeño diablillo, me asustó terriblemente, en especial porque le tengo un miedo espantoso a la locura. En fin, nunca volví a ser fan de nada, y decidí mejor seguir viviendo mi vida como todo un López.

 

Autor: Juan Camilo López

 

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