Los últimos brujos

Los últimos brujos

Julio César Londoño

Aunque todo lo que se diga sobre esta materia debe recibirse con reserva por las clásicas brumas y especulaciones que acompañan a las ciencias ocultas, hoy se acepta que la alquimia fue una ambición árabe que nació en la Baja Edad Media y obsesionó a Europa hasta el siglo XVIII , cuando fue en parte asimilada y en parte desmentida por la química, cuyos métodos eran más acordes con el espíritu racionalista de la Ilustración que el carácter místico y los procesos esotéricos de los alquimistas.

La alquimia alcanzó una gran difusión en los siglos XI , XII y XIII gracias a dos movimientos de direcciones opuestas: el apogeo de la expansión del Islam hacia Occidente y las cruzadas europeas a Oriente. En las pausas de los combates de los ejércitos de la cruz contra los ejércitos de la media luna, había tiempo de conversar con el enemigo, fisgonear en sus talleres, interrogar los prisioneros, copiar sus procedimientos, intercambiar libros y aprender fórmulas y conjuros.

El objetivo de los alquimistas era descubrir el huevo filosófico, una sustancia que permitiera transmutar los metales, curar afecciones, perpetuar la juventud y vencer la muerte. Oro, salud e inmortalidad, tres viejos sueños de la especie.

Los historiadores de la ciencia sitúan el origen de la alquimia en Medzamor, complejo metalúrgico del tercer milenio antes de Cristo; otros lo sitúan en Sumer, donde comenzó la Historia (allí se inventó la rueda, el derecho, la escritura, la astrología y la numeración de posición); o con los caldeos, que sabían tinturar telas, colar cristales, alear metales y templar el acero; o con Prometeo, que robó el fuego a los dioses y lo entregó a los hombres.

El carácter secreto de los estudios de los alquimistas puede explicarse por la reserva que siempre ha rodeado los procesos industriales; o por simple egoísmo, la inevitable escoria del oro. También tuvo que ver en esto el recelo que despertaba su trabajo entre el vulgo, que veía evidentes signos de hechicería en las retortas, los alambiques, los hornos, los cálculos y el vocabulario de los alquimistas.

No era del todo infundado este recelo: el arte de los metales era útil en la industria pero servía también para acuñar moneda falsa y para darle al cobre el brillo del oro; el conocimiento de las propiedades de las plantas era valioso en el alivio de las enfermedades, pero también se lo podía emplear en la fabricación de venenos que se deslizaban, sigilosos, del anillo a la copa.

Se dice que la reina Isabel de Inglaterra fue embaucada por Bernardo de Trevisa, hermoso timador italiano que le cambió unas onzas del “elíxir de la transmutación” por 20 de los mejores caballos de la cuadra real. La operación fue nítida y espectacular. Tomó un puñal de oro, lo plateó con mercurio y se lo presentó a la reina como un puñal de plata. Luego, ante los asombrados ojos de la famosa mecenas del arte, sumergió la hoja en el elíxir (en realidad agua regia, un ácido), el mercurio se desprendió y fue el oro.

Los verdaderos alquimistas eran hombres instruidos, unos por disciplinas teóricas (teólogos, astrólogos, matemáticos, filósofos) y otros por razón de su oficio: vitralistas, médicos, armeros, vinicultores, herreros, orfebres, farmaceutas, pintores, escultores. Los estudios académicos iban acompañados de severas normas de conducta porque se pensaba que la naturaleza sólo revelaría sus secretos a hombres intachables.

Nuestro tiempo, bajamente pragmático, desdeña la alquimia (la considera un antiguo departamento de la brujería). Pero lo cierto es que ella fue el origen de la química y la farmacopea modernas; que a ella se consagraron hombres como Paracelso, Alberto Magno, Pico de la Mirándola , Raimundo Lulio, Avicena, Newton y Roger Bacon; que ya es posible, aunque por ahora no rentable, la fabricación de oro en laboratorio; y que aún nos desvelan, en los albores del III milenio, el deseo de ser siempre jóvenes y el sueño de vencer la muerte.

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